Como
dice Silvia Iriso en su presentación del libro Maravillas y espantos.
Veintiseis cuentos españoles de la Edad Media, del que hemos
extraído el repertorio de cuentos que forman la base de la composición
escénica de este espectáculo:
“... cabe tener presente que los cuentos que hoy conocemos son
elaboraciones –o reelaboraciones- cultas. Y entonces, deberíamos
plantearnos por qué y para quién decidieron un día
ponerse por escrito”.
“Si divulgar el saber es máxima intención de las
colecciones medievales, los cuentos son sus instrumentos más
fáciles porque divierten”.
Hoy no nos es difícil mirar con distancia aquellos consejos,
doctrinas o la moraleja final encerrados en los cuentos. Aunque en el
descubrimiento de aquello que perdura o aquello que ha sido cambiado
y, otro tanto, de lo que se intenta cambiar, describe ese largo periplo
de la práctica moral y de las costumbres que han llegado hasta
nuestros días. Y que con esta muestra viva de la antigüedad
medieval podemos deleitarnos desde nuestra mirada crítica.
La imaginería sugerida por la palabra con sus abigarradas formas
expresivas, abre todo un universo de posibilidades del sentido de nuestra
herencia cultural. En el medievo, el ideal cristiano trae consigo un
nuevo simbolismo de signo teológico y trascendente y el mundo
se convierte en un lugar de paso, de representación, como nuevo
concepto de la vida.
En la puesta en escena, la magia surge de una combinación sonora
y visual del juego escénico. Por un lado atrae el oído
agudizado por la extrañeza del arcaísmo medieval y por
otro, aparece el reconocimiento que resuena en nuestra memoria del senido
de un léxico en desuso, definido más por las aclaraciones
gestuales y la entonación de la actriz. La atmósfera poética
se unifica mediante el espacio sonoro, la voz y la participación
de los instrumentos medievales y parte de la sobriedad y sencillez de
los elementos escenográficos heredados del teatro tosco, del
actor ambulante y el juglar.