Dom Juan

o

El convidado de piedra



Comedia

de


Jean-Baptiste Poquelin

MOLIÈRE


traducción
de
Antonio González Beltrán
Personajes

DON JUAN, hijo de Don Luis
SGANARELLE, criado de Don Juan
ELVIRA, mujer de Don Juan
GUZMÁN, escudero de Elvira
DON CARLOS, hermano de Elvira
DON ALONSO, hermano de Elvira
CARLOTA, campesina
MATURINA, campesina
PEDROTE, campesino
FRANCISCO, pobre
LA ESTATUA DEL COMENDADOR
LA RAMÉE, espadachín
LA VIOLETTE, lacayo de Don Juan
RAGOTÍN, lacayo de Don Juan
DON LUIS, padre de Don Juan
SEÑOR DOMINGUEZ, comerciante
UN ESPECTRO
SÉQUITO de Don Juan
SÉQUITO de Don Carlos y de Don Alonso

Acto I

La escena representa un palacio

Escena 1ª:
SGANARELLE. GUZMÁN.

SGANARELLE (con una tabaquera en las manos). Diga lo que diga Aristóteles y toda la filosofía, no hay nada igual al tabaco. Es la pasión de la gente de bien, y quien vive sin tabaco no es digno de vivir. No sólo regocija y purga los cerebros humanos, sino que además instruye las almas en la virtud, y se aprende con su uso a ser un hombre de mundo. ¿No os dais cuenta, en cuanto lo consumimos, de qué manera elegante nos comportamos con todos, y qué felices somos ofreciéndolo a diestra y siniestra, allí donde nos encontremos? Antes mismo de que nos pidan, nos adelantamos al deseo de la gente: tan así es que el tabaco inspira sentimientos de honor y de virtud a todos los que lo consumen. Pero basta ya de este tema. Volvamos a nuestro discurso, querido Guzmán.
GUZMÁN. Doña Elvira, mi dueña, sorprendida por vuestra partida, se puso en marcha tras vuestros pasos, y su corazón, que tu dueño ha sabido alcanzar profundamente, no ha podido vivir, sin venir a buscarlo aquí.
SGANARELLE. Entre nosotros, ¿quieres que te diga lo que pienso? Temo que sea mal pagada de su amor, que su viaje a esta ciudad produzca poco fruto, y que más os hubiera valido no moveros de allá.
GUZMÁN. ¿Y cual sería la razón? Te lo ruego, Sganarelle, ¿qué puede inspirarte temor de tan mal augurio? ¿Es que tu dueño te ha abierto su corazón sobre este tema? ¿Te ha dicho que tenga alguna frialdad que le haya obligado a partir?
SGANARELLE. En absoluto; pero, viendo el panorama, ya me sé cómo van las cosas; y sin que me haya dicho nada aún, apostaría a que por ahí van las cosas. Claro que puedo equivocarme, pero, en fin, sobre estos asuntos la experiencia ha podido darme algunas luces.
GUZMAN. ¿Cómo? ¿Esa marcha tan imprevista sería una infidelidad de Don Juan? ¿Sería capaz de hacer semejante injuria al casto amor de Doña Elvira?
SGANARELLE. No, es que es todavía joven y no tiene valor...
GUZMAN. ¿Un hombre de su condición sería capaz de tan cobarde acción?
SGANARELLE. ¡Su condición! ¡Menuda razón! No es eso lo que le impedirá hacer lo que le plazca.
GUZMAN. Pero... Los santos nudos del matrimonio lo comprometen.
SGANARELLE. ¡Ay, pobre Guzmán, amigo mío, créeme, aún no sabes qué clase de hombre es Don Juan!
GUZMÁN. Verdaderamente no sé qué clase de hombre es, si nos ha hecho semejante perfidia; y no comprendo cómo después de tanto amor y tanta impaciencia manifiesta, tantos homenajes, tantos votos, tantos suspiros y lágrimas, tantas cartas apasionadas, tanta queja ardiente y tantos juramentos, tanto éxtasis y tanto arrebato como mostró, hasta forzar, con su pasión, el obstáculo sagrado de un convento y conseguir a Doña Elvira, no comprendo cómo, después de todo eso, tendría la osadía de faltar a su palabra.
SGANARELLE. En cambio, yo, no tengo ninguna dificultad en comprenderlo; y si tú conocieras a este punto, te parecería la cosa bien fácil para él. No digo yo que haya cambiado de sentimientos con respecto a Doña Elvira; no tengo la certeza todavía: sabes que por orden suya, salí antes que él y desde entonces no me ha vuelto a hablar; pero, por precaución, debes saber, inter nos, que este Don Juan, mi dueño, es el hombre más perverso que existe sobre la capa de la tierra, un infame, un perro, un diablo, un turco, un hereje que no cree en el Cielo, ni en los santos, ni en Dios, ni en el tío del saco; un hombre que vive como una bestia bruta, como el cerdo de Epicuro, como un Sardanápalo, que hace oídos sordos a todas las recriminaciones cristianas que se le hagan, y trata como futilerías todo lo que creemos. Dices que ha desposado a tu dueña: ten por seguro que para satisfacer su pasión se hubiera desposado contigo, con su perro y con su gato. A él no le cuesta nada contraer matrimonio; en realidad no se sirve de otras patrañas para cazar a las bellas; es un desposador a manos llenas. Dama, damisela, burguesa, campesina, ninguna es demasiado caliente o demasiado fría para él; y si te dijera el nombre de todas con las que se ha desposado en diversos lugares, no terminaría hasta la noche. ¿Te sorprende y mudas de color? Pues esto no es más que un esbozo del personaje; para terminar el retrato aún necesitaría dar más brochazos. Baste decirte que sólo falta que la ira del cielo lo castigue un día; que más me valdría servir al diablo que a él, y que me hace presenciar tantos horrores, que no sé ya donde me gustaría verlo. Pero un gran señor tan malvado es cosa terrible; tengo que serle fiel, a pesar mío; el temor hace que me comporte con celo, que contenga mis sentimientos, y que haya de aplaudir muy a menudo lo que mi alma detesta. Mira, ahí viene paseando por este palacio; separémonos; escucha, te he hecho confidencias con toda franqueza, y quizá me he ido un poco de la lengua; pero si algo llegase a sus oídos, diré a voces que mientes como un bellaco.


Escena 2ª.
DON JUAN. SGANARELLE.

DON JUAN.¿Quién era ese hombre con el que hablabas? Me ha parecido que era el bueno de Guzmán de Doña Elvira.
SGANARELLE. Algo así era, más o menos.
DON JUAN. ¿Cómo? ¿Es él?
SGANARELLE. El mismo que viste y calza.
DON JUAN. Y desde cuándo está en la ciudad?
SGANARELLE. Desde ayer noche.
DON JUAN. ¿Y qué le trae por aquí?
SGANARELLE. Creo que sabéis de sobra lo que le inquieta.
DON JUAN. ¿Nuestra partida, quizás?
SGANARELLE. El pobre hombre está muy mortificado, y me ha preguntado qué razón teníamos.
DON JUAN.¿Y qué respuesta le has dado?
SGANARELLE. Que no me habíais dicho nada.
DON JUAN. Pero, vamos a ver. ¿Qué piensas tú? ¿Qué te imaginas que está ocurriendo?
SGANARELLE. Yo creo, sin querer ofenderos, que tenéis algún nuevo amor a la vista.
DON JUAN. ¿Eso crees?
SGANARELLE. Sí.
DON JUAN. ¡A fe mía que no te equivocas! Y debo confesarte que otro amor ha desplazado a Elvira de mis pensamientos.
SGANARELLE. ¡Dios mío! Me sé a mi Don Juan por la punta de los dedos, y conozco vuestro corazón como el más correntero del mundo: le encanta pasearse de lazo en lazo, pero no le gusta nada permanecer en un solo lugar.
DON JUAN. ¿Y no te parece que hago bien actuando así? Dime.
SGANARELLE. Pues, señor...
DON JUAN. ¿Qué? Habla.
SGANARELLE. Naturalmente que hacéis bien, si así lo queréis; no se puede contradecir eso. Pero si no lo quisierais, quizás sería otro asunto.
DON JUAN. ¡Pues, bien! Te doy la libertad de que hables y me digas tus sentimientos.
SGANARELLE. En ese caso, Señor, os diré francamente que no apruebo vuestros métodos, y que me parece muy feo estar amando a diestra y siniestra como hacéis.
DON JUAN. ¿Cómo? ¿Quieres que me ate al primer amor y que renuncie al mundo y que no tenga ojos para nadie más? ¡Vaya cosa eso de llenarse del falso honor de ser fiel, de enterrarse para siempre en una pasión y de estar muerto para las otras bellezas que se nos presenten a la vista! No, no: la constancia no es buena más que para gente ridícula; todas tienen derecho a gustarme, y la ventaja de haber sido la primera no debe impedir a las otras las justas pretensiones que todas tienen sobre mi corazón. A mí, la belleza me subyuga donde la encuentre, y cedo fácilmente a esa dulce violencia con la que nos arrastra. Por mucho que me comprometa, el amor que siento por una de ellas no compromete mi alma a ser injusto con las otras; conservo ojos para reconocer el mérito de todas, y a cada una le rindo el homenaje y los tributos que la naturaleza demanda. Sea como sea, no puedo negar mi corazón a ningún objeto amable; y tan pronto como una cara bonita me lo pide, si tuviera diez mil corazones, los daría todos. Los amores nacientes tienen, después de todo, encantos inexplicables. Todo el placer del amor está en el cambio. Se siente un gusto extremo reduciendo con cien homenajes el corazón de una joven belleza, viendo día a día los pequeños progresos que hacemos, combatiendo con arrebatos, con lágrimas y con suspiros el inocente pudor de un alma que se resiste con dificultad, forzando paso a paso todas las pequeñas resistencias que nos opone, venciendo los escrúpulos con los que defiende su honor y conducirla suavemente allí donde queremos que vaya. Pero una vez conseguida, se acabó el interés, ya no hay nada que desear; toda la belleza de la pasión se terminó, y nos dormimos en la calma de un amor ya conseguido, si algún nuevo objeto viene a despertar nuestros deseos y presenta a nuestro corazón los atractivos encantos de una nueva conquista a realizar. En fin, nada hay tan dulce como triunfar sobre la resistencia de una persona amable, y en este tema tengo la ambición de los conquistadores, que vuelan perpetuamente de victoria en victoria, y no pueden ponerle cerco a sus ambiciones. Nada hay que pueda detener el ímpetu de mis deseos: siento que soy un corazón capaz de amar a la tierra entera; y como Alejandro, yo desearía que hubiera otros mundos, para poder extender allí mis conquistas amorosas.
SGANARELLE. ¡Por todos los santos, qué manera de hablar! Parece que os lo hubierais aprendido de memoria; habláis como un libro.
DON JUAN. ¿Y qué tienes que decir de todo esto?
SGANARELLE. A fe mía, tengo que decir que... No sé qué decir, pues le dais la vuelta a las cosas de tal manera que parece que tengáis razón y sin embargo es verdad que no la tenéis. Yo tenía las ideas más claras del mundo, pero vuestras palabras lo han enredado todo. Esperad y veréis: la próxima vez pondré mis razonamientos por escrito para discutir con vos.
DON JUAN. Harás bien.
SGANARELLE. Pero, Señor ¿me excedería en el permiso que me habéis dado si os dijera que estoy algo escandalizado por la vida que lleváis?
DON JUAN. Pero ¿qué dices? ¿Qué vida llevo yo?
SGANARELLE. Buenísima. Pero, por ejemplo, viéndoos como os casáis todos los meses...
DON JUAN. ¿Y hay algo más agradable que eso?
SGANARELLE. Cierto, entiendo que es muy agradable y muy divertido, y a mí me parecería perfecto, si no hubiera daño; pero, Señor, burlarse así de un misterio sagrado, y...
DON JUAN. Bueno, bueno; eso es un asunto entre el Cielo y yo, y lo resolveremos juntos perfectamente sin que tengas que preocuparte.
SGANARELLE. A fe mía, Señor, siempre he oído decir que es mala burla burlarse del Cielo, y que los libertinos no acaban nunca bien.
DON JUAN. ¡Pero, bueno...! ¿Qué es eso, rey de los tontos? Sabes muy bien que te tengo dicho que no me gusta que me vengan con sermones.
SGANARELLE. No me refiero a vos, Dios me guarde. Vos sabéis bien lo que hacéis y si no creéis en nada, tenéis vuestras razones; pero en este mundo hay impertinentes de tres al cuarto que son libertinos sin saber por qué, que se hacen pasar por espíritus elevados porque creen que les sienta bien. Si yo tuviera un dueño de esos, le diría muy claramente mirándolo de frente: "¿Cómo os atrevéis a burlaros del Cielo?, ¿cómo no tembláis al burlaros de las cosas más santas? ¿Cómo os atrevéis, gusano, enano (le hablo al amo que he dicho), cómo os atrevéis a hacer chanza de lo que todos los hombres reverencian? ¿Pensáis que por ser una persona de calidad, por tener una peluca rubia y bien rizada, plumas en el sombrero, una casaca dorada y lazos color fuego (no os estoy hablando a vos, sino al otro), pensáis, digo, que sois más listo que nadie, que todo os está permitido, y que nadie se va a atrever a deciros las verdades? Dejadme que os diga, yo que soy vuestro criado, que el Cielo castiga tarde o temprano a los impíos y que una mala vida lleva a una mala muerte, y que..."
DON JUAN. ¡Basta ya!
SGANARELLE. ¿Qué ocurre?
DON JUAN. Ocurre que quiero decirte que una bella dama ha cautivado mi corazón y que arrastrado por sus encantos la he seguido hasta esta ciudad.
SGANARELLE. ¿Y no teméis, Señor, las consecuencias de la muerte de ese Comendador que matasteis hace seis meses?
DON JUAN. ¿Y por qué habría de temer algo? ¿No lo maté bien?
SGANARELLE. Ya lo creo, lo mejor que se puede pedir, y haría mal en quejarse.
DON JUAN. Además, he sido absuelto en ese caso.
SGANARELLE. Sí, pero esa absolución no creo que apague el resentimiento de familiares y amigos, y...
DON JUAN. Ya está bien; no pensemos en el mal que pueda ocurrirnos y pensemos únicamente en lo que nos pueda producir placer. La persona de la que te hablo es una joven prometida, la más atractiva de este mundo, que ha sido conducida aquí por aquel mismo con el que va a desposarse; y el azar me hizo encontrarme con esa pareja de enamorados tres o cuatro días antes de su viaje. Jamás he visto a dos personas más satisfechas una de la otra, que expresen mejor el estallido del amor. La visible ternura de sus mutuas pasiones me produjo emoción; me llegó profundamente al corazón y mi amor empezó por los celos. Sí, desde el primer momento, no pude soportar verlos tan bien juntos; el despecho alertó a mis deseos, y enseguida me imaginé gozando del placer extremo de poder turbar ese entendimiento mutuo, de poder quebrar esa atracción, por los que la delicadeza de mi corazón se sentía ofendida; pero hasta hoy todos mis esfuerzos han sido inútiles, y voy a recurrir al remedio extremo. Este futuro esposo quiere deleitar hoy a su prometida con un paseo por el mar. Sin haberte advertido, todo está dispuesto para satisfacer mi amor, y tengo prestos una barca y unos hombres, con los que muy fácilmente pretendo raptar a la dama.
SGANARELLE. ¡Ay, Señor...!
DON JUAN. ¿Qué?
SGANARELLE. Ese es vuestro estilo, y así es la cosa para vos. Nada mejor hay en este mundo que hacer lo que a uno le agrada.
DON JUAN. Prepárate, pues, a venir conmigo y ocúpate personalmente de disponer todas mis armas, no vaya a ser que... ¡Pero, ¿qué es esto?! ¡Qué molesto encuentro! Traidor, no me habías dicho que ella misma estaba aquí.
SGANARELLE. Pero, Señor, no me lo habéis preguntado.
DON JUAN. ¿Está loca, presentándose aquí sin cambiarse de ropa, con su atuendo de viaje?

Escena 3ª.
DOÑA ELVIRA, DON JUAN, SGANARELLE

DOÑA ELVIRA. ¿Me concederéis la gracia, Don Juan, de querer reconocerme? ¿Puedo esperar al menos, que os dignéis volver el rostro de este lado?
DON JUAN. Señora, os aseguro que me habéis sorprendido y que no os esperaba aquí.
DOÑA ELVIRA. Sí, ya veo que no me esperabais; y que estáis sorprendido, ciertamente, muy de otro modo al que yo esperaba; y la manera en que os mostráis me persuade plenamente de lo que yo me negaba a creer. Me admiran la simpleza y la debilidad de mi corazón que ponen en duda una traición que tantas pruebas me confirmaban. He sido demasiado buena, lo confieso, o mejor aún demasiado necia queriendo engañarme a mí misma, desmintiendo lo que mis ojos veían, lo que entendía mi juicio. He buscado razones en mi ternura para justificar la mengua de afecto que estaba viendo en vos; y me he forjado cien excusas legítimas de una partida tan precipitada, para justificaros del crimen del que mi razón os acusaba. Ya podían hablarme cada día mis justas sospechas...: yo rechazaba las voces que os hacían criminal ante mis ojos y escuchaba con gusto mil quimeras ridículas que os mostraban inocente a mi corazón. Pero en fin, lo que estoy contemplando ya no me permite dudar, y la mirada que me ha recibido me hace saber mucho más de lo que quisiera. Sin embargo, estoy dispuesta a oír de vuestra boca las razones de vuestra partida. ¡Hablad, Don Juan, os lo ruego, y veamos cómo os podéis justificar!
DON JUAN. Señora, aquí tenéis a Sganarelle; él sabe por qué me fui.
SGANARELLE. (aparte, a Don Juan) ¿Yo? ¡Señor, yo no sé nada! ¡Por favor!
DOÑA ELVIRA. ¡Bien! Sganarelle, hablad. No importa de qué boca salgan la razones.
DON JUAN. (haciendo señas a Sganarelle de que se acerque) ¡Vamos, háblale a la Señora!
SGANARELLE. (aparte, a Don Juan) Pero ¿qué queréis que diga?
DOÑA ELVIRA. Acercaos, pues así lo quiere, y decidme pues las causas de una partida tan repentina.
DON JUAN. ¿No vas a responder?
SGANARELLE (aparte, a Don Juan) No tengo nada que responder. ¿Os burláis de vuestro servidor?
DON JUAN. ¿Quieres responder, te digo?
SGANARELLE. Señora, ...
DOÑA ELVIRA. ¿Sí?
SGANARELLE. (volviéndose hacia su dueño) ¡Señor, ...!
DON JUAN. (amenazándole) Si ...
SGANARELLE. Señora, los conquistadores, Alejandro Magno y los otros mundos son causas de nuestra partida. Ya está, Señor, eso es todo lo que puedo decir.
DOÑA ELVIRA. ¿Os complacería, Don Juan, esclarecernos esos bonitos misterios?
DON JUAN. A decir verdad, Señora ...
DOÑA ELVIRA. ¡Ah, qué mal sabéis defenderos para ser un hombre de la corte y que debe estar acostumbrado a este tipo de cosas! Me da pena viendo la confusión que tenéis. ¿No sois capaz de afrontar con nobleza esta mentira? ¿No sois capaz de jurarme que seguís con los mismos sentimientos hacia mí, que me seguís amando con una pasión sin igual, y que nada podrá separaros de mí si no es la muerte? ¿No sois capaz de decirme que unos importantes asuntos de última hora os han obligado a partir sin poderme dar aviso; que, a vuestro pesar, es preciso que permanezcáis aquí durante algún tiempo, y que no tengo más que volverme por donde he venido, con la certeza de que seguiréis mis pasos tan pronto como os sea posible; que me aseguráis que ardéis en deseos de reuniros conmigo y que, alejado de mí, sufrís lo que sufre un cuerpo separado de su alma? Ya veis, así es como hay que defenderse, y no enmudecido como lo estáis.
DON JUAN. Os aseguro, Señora, que no tengo ningún talento para disimular, y que mi corazón es sincero. De ninguna manera os diré que sigo con los mismos sentimientos ni que ardo en deseos de reunirme con vos, puesto que en definitiva está claro que me fui huyendo de vos; no por las razones que podéis imaginar, sino por un puro motivo de conciencia, y por no creer que pudiera vivir con vos por más tiempo sin pecado. He tenido escrúpulos, Señora, y he abierto los ojos del alma ante lo que estaba haciendo. He reflexionado sobre el hecho de que, para desposaros, os he tenido que robar de la clausura de un convento, que habéis roto votos que os comprometían y que el Cielo es muy celoso de estas cosas. Me llegó el arrepentimiento y he sentido temor por la ira divina; he creído que nuestro matrimonio no era más que un adulterio disfrazado que nos atraería alguna desgracia del Altísimo y que en conclusión debía intentar olvidaros y daros los medios para regresar a vuestras primeras ataduras. ¿Quisierais, Señora, oponeros a un pensamiento tan santo, y que, reteniéndoos, fuera a ponerme el Cielo en contra, y que ...
DOÑA ELVIRA.¡Ah, criminal! Ahora te conozco del todo! Y para mi desgracia te vengo a conocer cuando ya es tarde y cuando semejante conocimiento sólo puede servirme para desesperarme. Pero debes saber que tu crimen no quedará impune y que el mismo Cielo del que te burlas sabrá vengarme de tu perfidia.
DON JUAN. ¡Sganarelle, el Cielo!
SGANARELLE. Verdaderamente, sí, de eso nos burlamos nosotros.
DON JUAN. Señora, ...
DOÑA ELVIRA. Basta. No quiero escuchar más, e incluso me culpo por haber escuchado demasiado. Es una bajeza que además vengan a explicarte tu vergüenza, y en tales asuntos un corazón noble debe tomar partido a la primera palabra. No esperemos a que estalle aquí en reproches y en injurias; no, no, mi cólera no queda en palabras vanas; toda su fuerza se reserva para la venganza. Te lo digo una vez más, el Cielo te castigará del ultraje que me haces, pérfido; y si el Cielo no tiene para ti nada que te haga temer, teme al menos la cólera de una mujer ofendida. (Sale)
SGANARELLE. (aparte) ¡Si al menos tuviera remordimientos!
DON JUAN. (tras una pequeña reflexión) Pensemos ahora en la ejecución de nuestra empresa amorosa. (Sale)
SGANARELLE. (solo). ¡Ah, que abominable dueño me veo obligado a servir!


ACTO II
La escena transcurre en el campo, a la orilla del mar y no lejos de la ciudad.

Escena 1ª
CARLOTA, PEDROTE

CARLOTA. ¡Virgen Santa, Pedrote, menos mal que estabas tú allí!
PEDROTE. ¡Hostili! Ha fartao el grosor d'una abuja pa' que se ahoguen los dos.
CARLOTA. ¿Así que fue el ventarrón d'esta mañana el que los volcó en el mar?
PEDROTE. Ven p'acá, Carlota, voy a contarte de punta a rabo lo qu'ha pasao; porque, como dice el otro: yo los vide primero de tós, primero de tós yo los vide. Esto es qu'estabamos en la playa yo y el gordo Lucas, y estábamos riyéndonos y tirándonos terrones a la cabeza; porque ya sabes tú que al gordo Lucas le gusta riderse, y a mi también me gusta redirme y tó. Pos allí estábamos con las risas y tirándonos terrones, cuando vide allá en la punta el pijo una cosa que se removía en el agua, y que se venía pa' nosotros como en remeneos. Yo veía la cosa mu' claramente y aluego ya no veía na'. "Eh, Lucas, hago yo: me paice que hay dos hombres nadando allí". "A ver, a ver, hace él, ¿es que estás borracho, que tienes la vista turbia?". "Hostili, capú!, hago yo, que tengo la vista mu' clarita: son dos hombres". "D'eso na', hace él, tú 'stás deslumbrao" "¿Cuánto apuestas que no estoy deslumbrao y que son dos hombres", hago yo. "Mecagüen, hace él, ¿cuánto apuestas a que no? Y yo, que no estaba ni loco, ni tonto, voy y saco cuatro monedas y cinco céntimos, hostili, más deprisa que me trago un vaso 'e vino, porque yo estaba seguro y aposté con todo: Yo sabía lo que hacía. Tonto hubiera sido. Y mira tú que, en cuanti que pusimos la apuesta que vimos a los dos hombres allí mismitico, que nos hacían señas de que los ayudáramos. Y yo, primero que na', recojo la apuesta y hago: ¡Chacho, Lucas, ya estás viendo. Nos llaman: vamos a echarles una mano." "No, mecagüen la, hace él, que m'han hecho perder". Y tal y cual... así es que al final, pa' no hacértelo largo, tanto lo sermonié que nos metimos los dos en una barca y tanto le dimos p'acá y p'allá que los saquemos del agua y aluego los llevemos a la casa 'e nosotros, mu' cerquitica del fuego, y aluego se quitaron toa la ropa y se quedaron esnuos pa' secarse, y aluego que llegan dos más de la banda que se habían salvao solos, y aluego que llega Maturina y que le hacen cucamonas y ojos de borrego degollao. Y ya está. Así mismico; eso es lo que pasó, Carlota.
CARLOTA. Cucha, Pedrote ¿Y no me habías dicho que hay uno que más buen mozo que los otros?
PEDROTE. Sí, es el amo. Y tié que ser un pez gordo, un Señor de la Corte, porque sus ropas tenían oro de arriba abajo; y los que le servían también eran Señores de la Corte; pero, mira tú que por muy pez gordo que sea, por éstas que s'afuera ahogao si no llegamos a estar yo allí.
CARLOTA. Até que presumido. Mialo tú ahí...
PEDROTE. ¿Qué? Por San Pedro bendito que si no es por nosotros ahora estaría más hinchao que unos michirones a remojo.
CARLOTA. Cucha, Pedrote. ¿Y entoavía está en tu casa esnuo del to'?
PEDROTE. ¡No! Lo vistieron delante nuestro. Copón, nunca había visto semejante cosa. ¡Qué historias y que complicaciones se gastan esos Señores de la Corte! Yo, pa mi que me perdería ahí dientro; y estaba más embobao, viendo to eso... Atiende, Carlota; tienen pelos que no nace de la caeza, que se los ponen cuando terminan de vestirse como un gorro. Y tienen camisas con unas mangas donde entraríamos bailando tú y yo. Y en vez de calzas, llevan una especie de delantal más ancho que yo qué sé; en vez de jubón, unas camisitas que no les llegan ni al estógamo; y en vez de golilla, llevan un pañuelo de cuello grande con encajes y cuatro borlas que les cuelgan por la pechera; llevan como unas golillas en las muñecas y to', y en las piernas, unos embudos de pasamanería, y por todas partes, lazos, tantos lazos, que es cosa de ver; hasta en los zapatos están llenos de lazos, de la cabeza a los pies, to' lleno. Llevan tantos que yo me rompería la crisma...
CARLOTA. Por la Virgen Santa, Pedrote; yo tengo que ir a ver eso.
PEDROTE. Sí, claro, pero escucha un poco antes, Carlota. Tengo otra miaja que decirte, yo.
CARLOTA. ¡Pos, bueno! ¿Qué es lo que tienes que decirme?
PEDROTE. Cucha, Carlota. Es preciso, como decía el otro, que relaje mi corazón. Yo te quiero, ya lo sabes, y estamos a punto de casarnos los dos, juntos; pero, por el Santísimo Cristo, no estoy nada satisfecho de ti.
CARLOTA. ¿Pero qué dices? A ver, a ver, qué es lo que pasa?
PEDROTE. Pasa que me pones triste. Eso pasa.
CARLOTA. ¿Y eso como es?
PEDROTE. Hostili, tú ya no me quieres.
CARLOTA. ¡Ajá! ¿Y no es más que eso?
PEDROTE. ¡Sí; sólo eso, y ya es mucho!
CARLOTA. Dios mío, Pedrote, siempre me estás diciendo lo mismo.
PEDROTE. Te digo siempre lo mismo, porque es siempre lo mismo; pero si no fuera siempre lo mismo, no te diría siempre lo mismo.
CARLOTA. ¿Pero, que te falta? ¿Qué quieres de mí?
PEDROTE. ¡Por los clavos de Cristo! ¡Quiero que me quieras!
CARLOTA. ¿Y es que no te quiero?
PEDROTE. No; no me quieres; y yo hago todo lo que puedo: te merco, sin quejarme, cintas y lazos a todos los buhoneros que pasan; me rompo la crisma pa' cazar nidos de mirlos pa' ti; hago que toque pa' ti la zanfoña cuando vienen las fiestas. Y to' eso, como si me rompiera la caeza contra la pared. No está bonito ni es justo no querer a la gente que te quiere.
CARLOTA. Pero, Dios mío, si yo también te quiero, Pedrote.
PEDROTE. Pos vaya manera de quererme.
CARLOTA. ¿Y cómo quieres que lo haga?
PEDROTE. Quiero que lo hagas como se hace cuando se quiere de verdad.
CARLOTA. ¿Y tampoco te quiero como cuando se quiere de verdad?
PEDROTE. No. Cuando es, es y se ve, y hacemos mil pequeñas tonterías a las personas cuando se las quiere con el mejor corazón. Mira Tomasa, la gorda, como está atontá con el joven Robín: está siempre encima d'el y no lo deja ni a sol ni a sombra; siempre le está haciendo travesuras o le pega alguna colleja al pasar. El otro día que él estaba sentado en una banqueta lo tiró al suelo y le hizo morder la tierra. Ahí es dónde se ve que la gente se quiere. Pero, tú no me dices ni mu, estás siempre ahí como un pasmarote, y ya puedo pasar veinte veces por delante de ti, que no te molestarás para soltarme un mamporro, ni para decirme por ahí te mueras.
CARLOTA. ¿Y que quieres que le haga? Es mi carapter, y no me puedo volver del revés.
PEDROTE. No hay carapter que valga. Cuando se tiene inclinación por alguien, siempre se escapa alguna pequeña colleja.
CARLOTA. Pos ya'stá, yo te quiero todo lo que puedo, y si no estás contento, ya sabes lo que tienes que hacer: te vas a buscar a otra.
PEDROTE. Ya hemos llegao ande íbamos... Por el Cristo del Calvario, ¿si m'amaras, me dirías eso?
CARLOTA. ¿Por qué vienes a marearme y a sacarme de quicio?
PEDROTE. Pero, ¿qué te estoy haciendo yo? Sólo te estoy pidiendo que me quieras un poco.
CARLOTA. Pos, déjame como soy y no me metas tantas prisas. Ya llegará un día, así, de golpe,sin pensarlo.
PEDROTE. Así me gusta. Chócala, Carlota.
CARLOTA. Ahí va, toma.
PEDROTE. Prométeme que tratarás de quererme más.
CARLOTA. Haré todo lo que pueda, pero la cosa tié que venir de por sí. ¿Chacho, chacho, ese que viene es el Señor ese de la Corte?
PEDROTE. Sí, el mismo.
CARLOTA. ¡Ay, Dios mío, qué fino es...! ¡Qué pena hubiera sido que se ahogara...!
PEDROTE. Ahora vuelvo. Voy a beberme un cuartillo, para reponerme aunque sea un poco del cansancio.

Escena 2ª
DON JUAN. SGANARELLE.
CARLOTA (al fondo del escenario).

DON JUAN. Hemos fallado el golpe, Sganarelle, y esa borrasca imprevista se ha llevado con nuestra barca el proyecto en ciernes; pero, a decir verdad, la campesina que acabamos de dejar repara esa desgracia y he hallado en ella encantos que borran de mi alma toda la tristeza que me daba el desdichado final de nuestra empresa. Ese corazón no se me puede escapar y ya he dispuesto lo necesario para no seguir suspirando mucho tiempo.
SGANARELLE. Señor, confieso que me extrañáis. A duras penas hemos escapado de un peligro de muerte, y, en vez de dar gracias al Cielo por su divina piedad, ya estáis de nuevo trabajando para atraer su cólera con vuestras fantasías y vuestros amores crim... (Don Juan adopta aspecto amenazador) ¡Haya Paz! Eres un bellaco y no sabes lo que dices; tu Señor sí sabe lo que hace. Y se acabó.
DON JUAN ( descubriendo la presencia de Carlota). ¡Vaya, vaya! ¿De dónde sale esta otra campesina, Sganarelle? ¿Has visto nada tan lindo? ¿Y no te parece que ésta vale por la otra? Dilo.
SGANARELLE. Con toda seguridad. (A parte) Otra pieza nueva.
DON JUAN (a Carlota). ¿De dónde merezco, bella doncella, un encuentro tan agradable? ¿Cómo es posible? ¿En estos lugares campestres, entre esos árboles y esas rocas, puede uno encontrar personas de una hechura tal que la vuestra?
CARLOTA. Pos ya ve usté, Señor.
DON JUAN. ¿Sois de esta aldea?
CARLOTA. Sí, Señor.
DON JUAN. ¿Y vivís aquí?
CARLOTA. Sí, Señor.
DON JUAN. ¿Y os llamáis?
CARLOTA. Carlota, para servir a Dios y a usté.
DON JUAN. ¡Ah, qué belleza, y qué penetrantes son vuestros ojos!
CARLOTA. Señor, no me diga esas cosas que me da mucha vergüenza.
DON JUAN. ¡Ah! No tengáis vergüenza de oír que se os dice la verdad. ¿Qué dices tú, Sganarelle? ¿Puede alguien tener visión más agradable? A ver, por favor, girad un poco? ¡Ah, qué talle tan fino! A ver, hacedme la merced, levantad un poco la cabeza. ¡Ah, qué rostro tan lindo! Abrid vuestros ojos totalmente. ¡Ah, qué bellos son! Os lo ruego, mostradme un poco vuestros dientes. ¡Ah, qué amorosos, y esos labios qué apetitosos! Me habéis cautivado, y jamás he visto persona tan encantadora.
CARLOTA. Señor, eso se lo diréis a todas. No sé si os estáis burlando de mí.
DON JUAN. ¿Yo, burlarme de vos? ¡Dios me guarde! Os amo demasiado para hacer una cosa así, y os estoy hablando desde el fondo de mi corazón.
CARLOTA. Os estoy muy reconocida, si es lo que es.
DON JUAN. En absoluto; no me estéis reconocida de todo lo que he dicho; no es sino de vuestra belleza de quien sois deudora.
CARLOTA. Señor, to' eso está demasiao bien dicho pa' mi, y yo no tengo palabras pa' responderos.
DON JUAN. Sganarelle, mira sus manos.
CARLOTA. ¡Por Dios! Señor, están negras como yo qué sé qué.
DON JUAN. ¡Ah! ¿Pero, qué decís? Son las más bellas del mundo; sufrid que os las bese, os lo ruego.
CARLOTA. Señor, es demasiao honor el que me haceis, y, si lo afuera sabido antes, no afuera fartao de lavármelas con salvao.
DON JUAN. Y decidme, bella Carlota, ¿sin duda, no estáis casada, verdad?
CARLOTA. No, Señor; pero pronto estaré casada con Pedrote, el hijo de mi vecina Simoneta.
DON JUAN. ¿Cómo? ¿Una persona como vos sería la esposa un simple aldeano? No y no; eso sería profanar tanta belleza, y vos no habéis nacido para permanecer en una aldea. Merecéis sin duda una mejor fortuna, y el Cielo, que lo sabe todo me ha traído hasta aquí para impedir ese casamiento, y hacer justicia a vuestros encantos; pues, en fin, querida Carlota, os amo con todo m i corazón, y sólo depende de vos que os arranque de este miserable lugar, y os ponga en el estado que merecéis. Este amor es sin duda precipitado, pero ¿y qué? Es el efecto, Carlota, de vuestra gran belleza, y se os puede amar tanto en un cuarto de hora que a otra en seis meses.
CARLOTA. Verdaderamente, Señor, no sé qué hacer cuando habláis. Todo lo que decís me contenta, y me gustaría mucho creer a vuesa merced; pero siempre me dijeron que no hay que creer a los Señores, y que los cortesanos no hacéis más que engatusar y engañar a las muchachas.
DON JUAN. Yo no soy de esos.
SGANARELLE (aparte). No tiene arreglo.
CARLOTA. Mire usted, Señor, no hay gusto en dejarse engañar. Yo soy una pobre aldeana; pero pa' mi el honor es lo primero, y antes quiero estar muerta que deshonrada.
DON JUAN. ¿Pero me veis el alma tan mezquina como para abusar de una persona como vos? ¿Yo sería tan cobarde como para deshonraros? No, no, tengo demasiado conciencia para ello. Yo os amo, Carlota, para el bien y con honor; y para mostraros que digo la verdad, os hago saber que no tengo otro designio que el de casarme con vos; ¿queréis mayor testimonio? Aquí estoy, dispuesto para cuando lo deseéis; y tomo como testigo de la palabra que os doy a este hombre.
SGANARELLE. No, no temáis nada, se casará con vos todo lo que queráis.
DON JUAN. ¡Ah, Carlota, bien veo que aún no me conocéis! Os equivocáis al juzgarme por los otros; y, si hay pillos en el mundo, gente que sólo busca engañar a las muchachas, debéis sacarme de esa lista, y no poner en duda la sinceridad de mi palabra. Además, vuestra belleza es un seguro. Cuando se está hecha como vos, se debe estar a cubierto de todo temor; en nada tenéis el aspecto de alguien a quien se pueda engañar, y, en cuanto a mí, os lo aseguro, me atravesaría el corazón mil veces antes de tener el menor pensamiento traicionero.
CARLOTA. ¡Dios mío! No sé si decís la verdad o no; pero hacéis que se os crea.
DON JUAN. Creyéndome, me haréis justicia, con toda certeza. Y os reitero la promesa que acabo de haceros. ¿No la aceptáis? ¿No consentís en ser mi esposa?
CARLOTA. Sí, siempre que mi tía lo consienta.
DON JUAN. Dadme la mano, Carlota, puesto que vos lo queréis.
CARLOTA. Por lo menos, Señor, no m'engañéis, por tos los Santos; eso caería en vuestra conciencia. Ya veis como voy de buena fe.
DON JUAN. ¿Cómo? Todavía dudáis de mi sinceridad. ¿Queréis que os haga terribles juramentos? Que el Cielo...
CARLOTA. ¡Por Dios, no juréis; os creo!
DON JUAN. Dadme al menos un beso en prueba de vuestra palabra.
CARLOTA. ¡Oh, Señor, esperad a que estemos casados, por favor; después os besaré todo lo que queráis.
DON JUAN. ¡De acuerdo, bella Carlota, quiero todo lo que vos queréis; pero abandonadme al menos vuestra mano, y sufrid que con mil besos os exprese el estado de arrebato en que me encuentro...


Escena 3ª
DON JUAN. SGANARELLE. CARLOTA. PEDROTE.

PEDROTE (poniéndose entre los dos y empujando a Don Juan). A poco a poco, Señor, quieto parao, por favor. Os estáis acalorando muncho y os puede dar la pleuresía.
DON JUAN (rechazando rudamente a Pedrote). Pero ¿quién me trae a este impertinente?
PEDROTE (volviendo entre Don Juan y Carlota). Os digo que os detenéis y que no acariciáis más a nuestras apalabrás.
DON JUAN ( sigue empujándolo). ¡Ah, cuánto ruido!
PEDROTE. ¡Me cagüen la...! Así no se empuja a la gente.
CARLOTA (cogiendo a Pedrote del brazo). ¡Pero Pedrote, déjalo!
PEDROTE. ¿Pero, qué dices? ¿Qué lo deje? No me da la gana.
DON JUAN. ¡Ah!
PEDROTE. ¡Hostili! ¿Porque sois un Señor de la Corte, vais a venir a hacerle caricias a nuestras mujeres delante de nuestras barbas? ¡Le hacéis caricias a las vuestras!
DON JUAN. ¿Cómo?
PIERROT. ¿Cómo? (Don Juan le da una bofetada). ¡Hostili! a mi no me pegue. (Otra bofetada) ¡Ay! ¡Capú! (Otra bofetada) ¡Pos leche! (Otra bofetada) ¡Puñeta, joer, no está bien eso de pegar a la gente, y no es esa la recompensa por haberos salvao de morir ahogao...!
CARLOTA. Pedrote, no te enfades.
PEDROTE. Quiero enfadarme; y tú eres una mala mujer, por dejar que te magreen.
CARLOTA. ¡Oh, Pedrote! No es lo que piensas. Este Señor quiere casarse conmigo, y tú no debes enfadarte por eso.
PEDROTE. ¿Qué dices? Me cagüen; tú eres mi prometida.
CARLOTA. Eso no importa, Pedrote. Si me quieres, ¿no debes sentirte bien de que yo sea una Señora?
PEDROTE. Pos claro que no. Antes prefiero verte reventá que de otro.
CARLOTA. ¡Venga, hombre, venga! No sufras que si llego a Señora, algo te voy a hacer ganar, y traerás mantequilla y queso a nuestra casa.
PEDROTE. ¡Leche, coño, puñeta, joer! No te llevaré na', así me la pagaras doble. ¿O sea: que lo escuchas? ¡Copón! Si lo hubiera sabido antes, pos si que lo afuera yo sacao del agua; un buen golpe 'e remo si que le afuera yo pegao en la caeza...
DON JUAN (Acercándose a Pedrote para pegarle) ¿Qué decís?
PEDROTE (escondiéndose detrás de Carlota) ¡Chacho! ¡Yo no le tengo miedo a nadie!
DON JUAN (yendo hacia Pedrote) ¡Esperad y vereis!
PEDROTE (pasando al otro lado de Carlota). ¡Ay, que me da la risa!
DON JUAN (persiguiéndolo). Pues, vamos a verla.
PEDROTE (Escondiéndose) Otros l'han visto enantes.
DON JUAN. ¡Vamos!
SGANARELLE. ¡Señor, dejad ya a este pobre diablo. Sería un caso de conciencia pegarle. (A Pedrote, poniéndose entre él y Don Juan) Escucha, amigo, retírate, y no le digas nada más.
PEDROTE (esquivando a Sganarelle, dice con orgullo a Don Juan). ¡Me da la gana decirle, a mí!
DON JUAN. Yo os voy a enseñar modales (intenta dar una bofetada a Pedrote, que se agacha, y es Sganarelle quien la recibe).
SGANARELLE (mirando a Pedrote). ¡ Mala peste te lleve!
DON JUAN (a Sganarelle). Ahí tienes la paga por tu caridad.
PEDROTE. ¡Hostili! Me voy a contárselo to' a su tía.
DON JUAN (a Carlota). Por fin voy a ser el más feliz de los hombres, y no cambiaría mi dicha por todas las cosas de este mundo. ¡Qué placeres cuando seáis mi esposa! Y cuánto...

Escena 4ª
DON JUAN. SGANARELLE. CARLOTA. MATURINA.

SGANARELLE (viendo entrar a Maturina). ¡Ah! ¡Oh! ¡Che! ¡Hola!
MATURINA (a Don Juan). Pero, Señor ¿qué hacéis ahí con Carlota? ¿Le estáis hablando de amor a ella también?
DON JUAN (aparte a Maturina). No, todo lo contrario; es ella, que me testimonia su deseo de ser mi esposa, pero yo le estaba diciendo que estaba comprometido con vos.
CARLOTA (a Don Juan) Pero ¿qué es lo quiere de vos la Maturina?
DON JUAN (aparte a Carlota). Está celosa viendo que os hablo y querría que la desposase; pero yo le digo que a quien quiero es a vos.
MATURINA. ¿Y tú qué, Carlota?
DON JUAN (aparte a Maturina). Todo lo que le digáis será inútil; se ha metido esa idea en la cabeza...
CARLOTA. ¿Qué de qué? Mira, Maturina...
DON JUAN (aparte a Carlota). Es en vano que le habléis; no le quitaréis esa fantasía de la cabeza.
MATURINA. ¿Mira, qué?
DON JUAN (aparte a Maturina). No hay manera de hacerla entrar en razón.
CARLOTA. ¡Pos ahora mismo...!
DON JUAN (aparte a Carlota). Es obstinada como todos los diablos.
MATURINA. ¡Pos mira que yo...!
DON JUAN (aparte a Maturina). No le digáis nada; está loca.
CARLOTA. Pero es que yo...
DON JUAN (aparte a Carlota). Dejadla, es una extravagante.
MATURINA. No, no; tengo que hablar con ella.
CARLOTA. ¡Venga! ¡A ver qué tienes que 'icirme!
MATURINA. ¡Que me digas...!
DON JUAN (aparte a Maturina). Apuesto a que os dirá que le he prometido matrimonio.
CARLOTA. Pos yo...
DON JUAN (aparte a Carlota). Apostemos que va a decir que le he dado palabra de desposarla.
MATURINA. ¡Oye, tú, Carlota, no está bien eso de ir detrás del mercao de otra.
CARLOTA. Pos a mi no me paice bien que estés celosa de que el Señor me hable.
MATURINA. ¡Pos a mí me vio primero!
CARLOTA. Si a ti t'ha visto primero, a mí m'ha visto endispués, y a mí m'ha prometío matrimonio.
DON JUAN (aparte a Maturina) ¿Veis? ¿Qué os había dicho?
MATURINA. Vete a la... Fue a mí y no a ti a quien prometió matrimonio.
DON JUAN (aparte a Carlota) ¿No lo había adivinado yo?
CARLOTA. ¡Eso, a otra, por favor! Fue a mí, te digo.
MATURINA. Te estás burlando de nosotros; fue a mí, te repito.
CARLOTA. ¡Mialá, y lo sigue diciendo...! Yo tengo la razón.
MATURINA. ¡Mialó, y me dará la razón. Yo digo la verdad.
CARLOTA. ¡A ver, a ver! Señor, ¿es verdad que le habéis dado palabra de ser su marido?
DON JUAN (aparte a Carlota) ¡Os burláis de mí!
MATURINA. Señor, ¿es verdad que le habéis dado palabra de ser su marido?
DON JUAN (aparte a Maturina) ¿Pero, podéis creer semejante cosa?
CARLOTA. Pero ella sigue en sus trece.
DON JUAN (aparte a Carlota). Que siga.
MATURINA. Pero ella lo sigue diciendo.
DON JUAN (aparte a Maturina) Que diga.
CARLOTA. No y no; hay que saber la verdad.
MATURINA. Como si vamos a juicio...
CARLOTA. Sí, Maturina, yo quiero que el Señor te demuestre lo pava que eres.
MATURINA. Sí, Carlota, yo quiero que el Señor te demuestre que no tienes dos dedos de frente.
CARLOTA. Señor, por favor, aclarad la custión.
MATURINA. Decid el acuerdo, Señor.
CARLOTA (a Maturina). Ahora vas tú a ver.
MATURINA (a Carlota). Ahora vas a ver tú.
CARLOTA (a Don Juan). Dígalo ahí.
MATURINA (a Don Juan). Hable ya.
DON JUAN (incómodo, a las dos) ¿Qué quieren que diga? Las dos mantenéis por igual que os he prometido tomaros por esposa. ¿ No sabe cada una la verdad del asunto, sin que yo tenga que explicarme más? ¿Por qué quieren que me repita sobre lo dicho? ¿Aquella a la que le he prometido efectivamente no tiene en sí misma razones para burlarse de los discursos de la otra, y tiene algo que temer, siempre que yo cumpla mi promesa? Las palabras en nada hacen avanzar la cuestión; hay que actuar y no hablar; los actos deciden más que las palabras. Y no es más que así que quiero manifestar el acuerdo, y ya se verá, cuando contraiga matrimonio, cuál de las dos tiene mi corazón. (Aparte a Maturina) Dejadla que crea lo que quiera. (Aparte a Carlota) Dejadla halagarse en su imaginación. (Aparte a Maturina) Os adoro. (Aparte a Carlota) Soy todo vuestro. (Aparte a Maturina) Todos los semblantes son feos cerca del vuestro. (Aparte a Carlota) No se puede sufrir a las otras cuando se os ha visto. Perdón, tengo unas órdenes que dar; regreso en un cuarto de hora (Sale).
CARLOTA (a Maturina). Pos ya sé que me quiere a mí.
MATURINA (a Carlota). Pos ya sé que se casará conmigo.
SGANARELLE. ¡Ay, pobres inocentes, tengo piedad por vosotras! No puedo veros correr hacia vuestra desgracia. Creedme una y otra: no creáis todos los cuentos que os cuentan, y quedaos en vuestra aldea.
DON JUAN (regresando). Me gustaría saber por qué Sganarelle no me sigue.
SGANARELLE (a las muchachas) Mi amo es un pillo; sólo piensa en abusar de vosotras. Ya ha abusado de otras muchas; es el desposador del género humano, y... (Se da cuenta de la presencia de Don Juan) Esto es falso; y a cualquiera que os diga esto, debéis decirle que ha mentido. Mi amo no es en absoluto el desposador del género humano, no es nada pillo, no piensa en abusar de vosotras, y no ha abusado de otras. ¡Ah, mirad, aquí está; preguntadle a él mismo!
DON JUAN (mirando a Sganarelle y sospechando que ha hablado). Sí
SGANARELLE. Señor, como el mundo está lleno de maledicientes, yo me adelantaba a los aconteciemientos; y les decía que, si alguien venía a decirles algo malo de vos, que se guardasen de creerle, y que no dejasen de decirle que habría mentido.
DON JUAN. ¡Sganarelle!
SGANARELLE (a Carlota y Maturina). Sí, sí, el Señor es un hombre de honor, yo os lo garantizo como tal.
DON JUAN. ¡A fe mía!
SGANARELLE. ¡Qué impertinentes!

Escena 5ª
DON JUAN. CARLOTA. SGANARELLE. MATURINA. LA RAMÉE.

LA RAMÉE (aparte a Don Juan). Señor, vengo para advertiros que no corren buenos vientos para vos aquí.
DON JUAN. ¿Cómo?
LA RAMÉE. Doce hombres a caballo os buscan y están a punto de llegar aquí; no sé por qué medio os habrán podido seguir, pero lo he sabido por un aldeano que han interrogado y al que os han descrito. El asunto es urgente, y lo antes que podáis salir de aquí será lo mejor.
DON JUAN (a Carlota y Maturina). Asuntos urgentes me obligan a partir de aquí; pero os ruego que mantengáis viva la palabra que os he dado, y que sepáis que tendréis noticias mías antes de mañana noche. (Carlota y Maturina se alejan) Como la partida no es igual, tenemos que utilizar una estratagema y evitar hábilmente la desgracia que me buscan. Quiero que Sganarelle se ponga mi ropa, y yo...
SGANARELLE. ¿Señor, os burláis de mí? ¿Queréis exponerme morir bajo vuestra ropa...?
DON JUAN. Vamos, rápido, es mucho el honor que os hago, y dichoso el criado que puede morir por su dueño.
SGANARELLE. Muy honrado por tal honor... (Solo) ¡Cielos, puesto que se trata de muerte, hazme la gracia de no ser confundido con otro!


ACTO III
El teatro representa un bosque, cerca del mar y en las cercanías de la ciudad.

Escena 1ª
DON JUAN (en traje de viaje). SGANARELLE (vestido de médico)

SGANARELLE. ¡A fe mía, Señor; reconoced que tuve razón y que así estamos disfrazados de maravilla. Vuestra primera intención no era en absoluto adecuada; esto nos esconde mucho mejor que lo que vos queríais hacer.
DON JUAN. La verdad es que te sienta bien; no sé de dónde has ido a desempolvar ese ridículo aparejo.
SGANARELLE. Es la vestimenta de un viejo médico, que fue dejada en prenda en el lugar donde lo encontré, y que me ha costado su dinerito para conseguirlo. Pero, debéis saber que esta ropa me pone en consideración, que la gente me saluda por la calle y que vienen a consultarme como a hombre docto.
DON JUAN. ¿Cómo es eso?
SGANARELLE. Cinco o seis aldeanos y aldeanas, al verme pasar, han venido a preguntar mi opinión sobre diferentes enfermedades.
DON JUAN. ¿Y tú les habrás dicho que no sabías nada?
SGANARELLE. ¿Yo? Nada de eso. Yo he querido conservar el honor de mi hábito: he razonado sobre la enfermedad, y les he recetado medicación a cada uno.
DON JUAN. ¿Y qué medicación les has recetado, tú?
SGANARELLE. A fe mía, Señor, que he cogido el rábano por las hojas; he recetado al azar, y sería cosa de ver si los enfermos curasen y vinieran a darme las gracias.
DON JUAN. ¿Y por qué no? ¿Por qué razón no tendrías tú los mismos privilegios que tienen los otros médicos? Te aseguro que no tienen más parte que tú en la curación de sus enfermos, y que todo su arte es pura mentira. No hacen sino recibir la gloria de sus felices éxitos; así que tú puedes también aprovecharte del bienestar del enfermo, y ver atribuir a tus recetas todo lo que puede venir de los favores del azar y de las fuerzas de la naturaleza.
SGANARELLE. ¿Cómo, Señor, también sois impío en medicina?
DON JUAN. Es uno de los mayores errores que existe entre los seres humanos.
SGANARELLE. ¿Qué? ¿No creéis en la purga de Benito, ni en el aceite de ricino, ni en el vino emético?
DON JUAN. ¿Y por qué tendría que creer?
SGANARELLE. Tenéis el alma muy descreída vos. Sin embargo, hace tiempo que el vino emético tiene su fama. Sus milagros han convertido a los más incrédulos espíritus, y no hace ni tres semanas que he visto, yo, un resultado maravilloso.
DON JUAN. ¿Cuál?
SGANARELLE. Un hombre que, desde hacía seis días, estaba agonizando; ya no sabían qué recetarle; todos los medicamentos eran inútiles. Al final se decidieron por darle vino emético.
DON JUAN. Y se curó, ¿verdad?
SGANARELLE. No, se murió.
DON JUAN. El efecto es admirable.
SGANARELLE. ¿Cómo? Hacía seis días con sus noches que no podía morir y eso le hizo morirse de golpe. ¿Queréis algo más eficaz?
DON JUAN. Tienes razón.
SGANARELLE. Pero dejemos la medicina en la que no creéis y hablemos de otras cosas, porque este hábito me da agudeza y me siento con ánimos para razonar con vos. Sabido es que me permitís la discusión y que me prohibís el reproche.
DON JUAN. ¡Y bien!
SGANARELLE. Quiero saber algo de vuestros pensamientos en profundidad. ¿Es posible que no creáis en absoluto en el Cielo?
DON JUAN. Dejemos eso.
SGANARELLE. Es decir, que no. ¿Y en el Infierno?
DON JUAN. ¡Eh!
SGANARELLE. Seguimos. ¿Y en el diablo?
DON JUAN. Sí, sí.
SGANARELLE. Tampoco. ¿No creéis en absoluto en la otra vida?
DON JUAN. ¡Ah!
SGANARELLE. Este es un hombre difícil de convertir. Decidme, al menos ¿y en el sacamantecas? ¿Tampoco creéis?
DON JUAN. ¡Que la peste te lleve!
SGANARELLE. Eso es lo que no puedo entender, porque no hay nada más verdadero que el sacamantecas, y ahí sí que pongo yo mi mano en el fuego. Pero, vamos a ver, hay que creer en algo: ¿en qué creéis vos?
DON JUAN. ¿Yo? ¿Qué creo?
SGANARELLE. Sí.
DON JUAN. Yo creo que dos y dos son cuatro, Sganarelle, y que cuatro y cuatro son ocho.
SGANARELLE. Mira tú en lo que cree. ¿Vuestra religión, a lo que veo, es la aritmética? Hay que reconocer que entran extrañas locuras en la cabeza de los hombres, y, que la mayoría de las veces, por haber estudiado mucho se es mucho menos sensato. Yo, por mi parte, Señor, no he estudiado nada, a Dios gracias, y nadie podría vanagloriarse de haberme enseñado nada nunca.; pero, yo, con mi sentido común, mi pequeño juicio, veo las cosas mejor que todos los libros, y comprendo muy requetebién que este mundo que vemos no es una seta que haya aparecido así de repente en una noche. Me gustaría preguntaros quién ha hecho estos árboles, esas rocas, esta tierra y ese cielo que está ahí mismo, y si todo eso se ha hecho solo. ¿No ha hecho falta que vuestro padre engorde a vuestra madre para haceros a vos? ¿Podéis ver todos los ingenios de los que está compuesta la maquina del hombre sin admirar de qué manera se ha agenciado una y otra cosa? Estos nervios, estos huesos, estas venas, estas arterias, estas..., estos pulmones, este corazón, este hígado, y todos los otros ingredientes que están aquí y que... ¡Oh, condenación! Interrumpidme, por favor. No sabría discutir si no me interrumpen. Os calláis a propósito y me dejáis hablar por pura malicia.
DON JUAN. Espero a que tu razonamiento esté terminado.
SGANARELLE. Mi razonamiento es que hay algo admirable en el hombre, digáis lo que digáis, que todos los sabios del mundo no podrían explicar. ¿No es maravilloso que aquí estoy y que tengo algo aquí en mi cabeza que piensa cien cosas diferentes en un momento y hace de mi cuerpo lo que quiere? Quiero chocar mis manos, levantar los brazos, levantar los ojos hacia el cielo, bajar la cabeza, mover los pies, ir a la derecha, a la izquierda, hacia delante, hacia atrás, girar... (Se deja caer al girar).
DON JUAN. ¡Ahí está! Ya tenemos tu razonamiento patas arriba.
SGANARELLE. ¡Por los clavos de Cristo! Bastante tonto soy perdiendo el tiempo en razonar con vos. Creed lo que se os venga en gana; al final seréis condenado.
DON JUAN. Pero, ya ves, razonando, razonando, creo que nos hemos perdido. Llama a aquel hombre que está allí y pregúntale el camino.
SGANARELLE. ¡Hola, eh, hombre! ¡Eh, compadre! ¡Eh, amigo! Sólo una palabra, por favor.

Escena 2ª
DON JUAN. SGANARELLE. UN POBRE.

SGANARELLE. Por favor, indíquenos el camino a la ciudad.
EL POBRE. Señores, no tienen más que seguir este camino y luego girar a mano derecha cuando estén al final del bosque; pero les aviso que estén vigilantes, pues desde hace algún tiempo hay ladrones en los alrededores.
DON JUAN. Te estoy muy agradecido, amigo, y te lo agradezco de todo corazón.
EL POBRE. Señor, ¿quisierais socorrerme con una limosna?
DON JUAN. ¡Ah, ah! Tu aviso es interesado, por lo que veo.
EL POBRE. Soy un hombre pobre, Señor, retirado en la soledad de este bosque desde hace diez años, y no dejaré de rezar para que el Cielo os dé toda clase de bienes.
DON JUAN. ¡Eh, rézale para que te dé un vestido, y no te preocupes de los asuntos de los demás!
SGANARELLE. No conocéis a mi Señor, buen hombre: él no cree más que en que dos y dos son cuatro, y cuatro y cuatro son ocho.
DON JUAN. ¿Cuál es tu ocupación entre estos árboles?
EL POBRE. Rezo todo el día por la prosperidad de la gente de bien que me da algo.
DON JUAN. Entonces, no puede ser que no estés en la mayor comodidad.
EL POBRE. ¡Ay, Señor, estoy en la mayor necesidad del mundo!
DON JUAN. ¿Te burlas de mí? A un hombre que se pasa el día rogando al Cielo no puede faltarle de nada.
EL POBRE. Os lo aseguro, Señor; a menudo no tengo ni un mendrugo de pan que echarme a la boca.
DON JUAN. Extraña cosa; te veo mal recompensado por tus desvelos. Mira, ahora mismo te voy a dar un Louis de oro siempre que consientas en jurar.
EL POBRE. ¡Pero, Señor! ¿Querríais que cometiese tal pecado?
DON JUAN. Decide si quieres ganar un Louis de oro o no: aquí tienes el que te voy a dar, si juras. Toma; pero antes, jura.
EL POBRE. ¡Pero, Señor...!
DON JUAN. Si no es así, no lo tendrás.
SGANARELLE. Venga, hombre, jura un poco. ¿Qué daño hay en ello?
DON JUAN. Toma, aquí lo tienes. Toma, te digo, pero jura de una vez.
EL POBRE. No, Señor, prefiero morir de hambre.
DON JUAN. Anda, hombre, anda, te lo doy por amor a la humanidad. (Observa algo tras los árboles) Pero ¿qué es lo que veo? ¿Un hombre atacado por otros tres? La partida es demasiado desigual, y no debo sufrir esa cobardía.

Escena3ª
SGANARELLE. DON JUAN. DON CARLOS.

SGANARELLE. Mi amo es verdaderamente exasperante yendo a encontrar un peligro que no lo busca; pero, a fe mía, la ayuda ha servido y los dos han hecho huir a los tres.
DON CARLOS (espada en mano). Fácil es comprobar, viendo la huida de esos ladrones, la eficacia de vuestro brazo. Permitid, Señor, que os rinda homenaje por una acción tan generosa, y que..
DON JUAN (espada en mano). No he hecho nada, Señor, que no hubieseis hecho en mi lugar. Nuestro propio honor está comprometido en semejantes aventuras, y la acción de esos malhechores era tan cobarde, que hubiese sido tomar partido por ellos no oponiéndome. Pero, ¿en qué circunstancia os habéis encontrado entre sus manos?
DON CARLOS. Por azar, me había extraviado de mi hermano y de nuestro séquito; y cuando buscaba cómo reunirme con ellos, me he tropezado con esos ladrones, que han matado a mi caballo y que, sin vuestra valerosa intervención, hubiesen hecho lo mismo conmigo.
DON JUAN. ¿Vuestro propósito es ir hacia la ciudad?
DON CARLOS. Sí, sin querer entrar en ella; nos vemos obligados mi hermano y yo a vigilar este bosque por uno de esos molestos asuntos que obligan a los gentilhombres a sacrificarse, ellos y su familia, a la severidad de su honor, pues al fin el más dulce de los éxitos resulta siempre funesto, y que si no dejamos la vida en ello, somos perseguidos por la ley. Y es en ello donde encuentro desdichada la condición de gentilhombre, pues no puede apoyarse en toda la prudencia y la honestidad de su conducta, sino que según las leyes del honor depende de la conducta de otro, y ve su vida, su reposo y sus bienes depender de las fantasías del primer temerario que se atreve a hacerle una de esas injurias por las que un hombre honrado debe morir.
DON JUAN. Tenemos la ventaja de que podemos hacer correr el mismo riesgo y hacer pasar un mal rato a los que se tomen la fantasía de venir a hacernos una ofensa a propósito. Pero ¿sería una indiscreción preguntaros cuál puede ser vuestra queja?
DON CARLOS. El conflicto ha llegado al término de no hacer ya un secreto de él, y cuando la injuria ha estallado, nuestro honor no está en el punto de querer esconder la vergüenza sino en el de hacer estallar la venganza, e, incluso, en el de publicar nuestro propósito. Así, Señor, no dudaré en deciros que la ofensa que queremos vengar es la que se ha cometido en una hermana nuestra, raptada de un convento y seducida, y que el autor de esta ofensa es un tal Don Juan Tenorio, hijo de Don Luis Tenorio. Lo estamos buscando hace días, lo hemos seguido esta mañana gracias a los informes de un criado que nos ha dicho que salió (a caballo), acompañado por cuatro o cinco y que había seguido a lo largo de la costa; pero todos nuestros esfuerzos han sido inútiles, y no hemos podido descubrir qué ha sido de él.
DON JUAN. ¿Y conocéis vos a ese Don Juan del que habláis, Señor?
DON CARLOS. No, yo mismo, no. No lo he visto nunca; sólo he oído cómo mi hermano lo describía; pero su fama no dice nada bueno, y es un hombre cuya vida...
DON JUAN. Deteneos, Señor, si os place. Es uno de mis amigos, y sería para mí una especie de cobardía oír hablar mal de él.
DON CARLOS. Por la obligación que os tengo, Señor, no diré nada, y lo mínimo que os debo después de haberme salvado la vida es callarme ante vos acerca de una persona que conocéis, cuando no puedo hablar sin hablar mal de ella. Pero, por muy amigo suyo que seáis, me atrevo a creer que no aprobaréis su acción y que no encontraréis extraño que busquemos venganza.
DON JUAN. Al contrario. Quiero ayudaros y que ahorréis esfuerzos inútiles. Yo soy amigo de Don Juan, no puedo evitarlo; pero no es razonable que ofenda impunemente a unos gentilhombres, y me comprometo a que os restablezca la razón.
DON CARLOS. ¿Y qué razón puede restablecer en esta clase de injurias?
DON JUAN. Toda la que vuestro honor puede desear; y, sin que os deis más trabajos para encontrar a Don Juan, me obligo a hacer que se presente en el lugar que queráis y cuando os plazca.
DON CARLOS. Es una esperanza muy halagüeña, Señor, para nuestros corazones ofendidos; pero, después de lo que os debo, sería para mí un sensible dolor que fueseis de la partida.
DON JUAN. Estoy tan unido a Don Juan, que no sabría batirse sin que yo me batiera también; pero, sin más rodeos, respondo por él como por mí mismo, y no tenéis más que decir cuándo queréis que se presente y os dé satisfacción.
DON CARLOS. ¡Qué cruel es mi destino! ¿Es posible que os deba la vida y que Don Juan sea vuestro amigo?

Escena 4ª
DON JUAN. SGANARELLE. DON CARLOS. DON ALONSO y su séquito.

DON ALONSO (a los de su séquito). Haced que beban los caballos y luego los traéis con nosotros; quiero caminar un trecho a pie. (Viendo a Don Carlos y a Don Juan) ¡Cielos! ¿Qué veo? ¿Cómo, hermano mío, estáis aquí con nuestro enemigo mortal?
DON CARLOS. ¿Nuestro enemigo mortal?
DON JUAN (retrocediendo y poniendo fieramente la mano en la empuñadura de su espada). Sí, soy Don Juan, yo mismo, y la ventaja del número no me obligará a disfrazar mi nombre.
DON ALONSO (espada en mano). ¡Ah, traidor! Tienes que morir...
(Sganarelle se esconde corriendo)
DON CARLOS. ¡Ah, hermano mío, deteneos. Le debo la vida; sin la ayuda de su brazo, hubiera sido muerto por unos ladrones con los que me he tropezado.
DON ALONSO. ¿Y queréis que esa consideración impida nuestra venganza? Ningún servicio recibido de una mano enemiga tiene el mérito suficiente para comprometer nuestra alma; y si medimos la obligación con la injuria, vuestro agradecimiento, hermano mío, es aquí ridículo. Y como el honor es infinitamente más precioso que la vida, es como si propiamente no debiéramos nada a quien nos salvó la vida si nos ha quitado el honor.
DON CARLOS. Conozco la diferencia que un gentilhombre debe siempre establecer entre una y otra cosa, y mi reconocimiento no borra en absoluto en mí el resentimiento de la injuria; pero sufrid, hermano mío, que le devuelva aquí lo que me ha prestado, y que satisfaga la deuda que le tengo, dándole un plazo a nuestra venganza y dejándole la libertad de gozar, durante algunos días, del fruto de su servicio.
DON ALONSO. No, en absoluto; es arriesgar nuestra venganza si la retrasamos, pues la ocasión de tomarla que ahora tenemos puede no volver. El Cielo nos la ofrece aquí; hay que aprovecharla. Cuando el honor está herido mortalmente, no podemos pensar en guardar medida alguna; y si os repugna prestar el brazo para esta acción, no tenéis más que retiraros y dejar a mi mano la gloria de tal sacrificio.
DON CARLOS. Os lo suplico, hermano mío...
DON ALONSO. Todos estos discursos son superfluos: debe morir.
DON CARLOS. Deteneos, os digo. No consentiré de ninguna manera que se ataque a su vida, y juro ante el Cielo que lo defenderé aquí contra quienquiera que sea y sabré hacerle una muralla con esta vida que él ha salvado; así es que para llegar a él, tendréis que atravesarme a mí.
DON ALONSO. ¿Cómo? ¿Tomáis el partido de nuestro enemigo contra mí; y lejos de estar lleno de los mismos sentimientos que yo, mostráis por él manifestaciones de amistad...?
DON CARLOS. Hermano mío, mostremos moderación en nuestra legítima acción, pero no venguemos nuestro honor con el arrebato que os domina. Seamos dueños de nuestros corazones, tengamos una valentía que no tenga nada de salvaje, sino que se conduzca por una deliberación de nuestra razón y no por el movimiento de una cólera ciega. No quiero deberle nada a nuestro enemigo; estoy obligado a él y tengo que liquidar esta deuda. Nuestra venganza, aunque sea aplazada, no será menos sonora: al contrario, sacaremos ventaja de ello. La ocasión de haberla podido alcanzar hará que parezca más justa a los ojos de todos.
DON ALONSO. ¡Extraña debilidad y ceguera espantosa arriesgar así los intereses del honor por la creencia ridícula en una deuda quimérica!
DON CARLOS. No, hermano mío, no os atormentéis. Si cometo una falta, sabré repararla; yo me encargo del cuidado de nuestro honor; sé a qué nos obliga, y esta suspensión que mi agradecimiento le pide, no hará sino aumentar el deseo ardiente de satisfacerlo. Don Juan, ya veis que quiero devolveros lo que he recibido de vos. Juzgad por esta prueba el resto y sabed que no seré menos exacto en pagaros la injuria. No quiero obligaros a explicar aquí vuestros sentimientos; os doy la libertad de pensar libremente en las resoluciones que debéis tomar. Conocéis suficientemente la magnitud de la ofensa que nos habéis hecho, y os hago juez de las reparaciones que demanda. Existe medios amables para darnos satisfacción; los hay violentos y sangrientos; pero, en fin, cualquiera que sea vuestra elección, me habéis dado palabra de hacerle llegar mis razones a Don Juan. Pensad en ello, os lo ruego, y recordad que después de este momento, no me debo más que a mi honor.
DON JUAN. Nada he exigido de vos, pero mantendré lo que he prometido.
DON CARLOS. Vamos, hermano mío: un momento de generosidad no hace injuria alguna a la severidad de nuestro deber.


Escena 5ª
DON JUAN. SGANARELLE.

DON JUAN. ¡Hola, eh, Sganarelle!
SGANARELLE (saliendo de su escondite) ¿Señor?
DON JUAN. Pero, bueno, bribón, ¿huyes cuando me atacan?
SGANARELLE. Perdóneme, Señor. Estaba aquí cerca. Creo que este hábito es purgativo, y que es tomar medicina el solo hecho de llevarlo.
DON JUAN. ¡Que la peste te lleve, insolente! Cubre al menos tu cobardía con un velo más honesto. ¿Sabes a quién he salvado la vida?
SGANARELLE. ¿Yo? No.
DON JUAN. Es un hermano de Elvira.
SGANARELLE. Un her...
DON JUAN. Es un hombre honrado; se ha comportado como tal, y me apesadumbra tener conflicto con él.
SGANARELLE. Todo sería más cómodo si quisierais apaciguar las cosas.
DON JUAN. Sí, pero mi pasión se ha consumido con Doña Elvira, y, además, el compromiso no es compatible con mi humor. En cuestiones de amor, tú lo sabes, prefiero la libertad, y no sabría resolverme a encerrar mi corazón entre cuatro paredes. Te lo he dicho veinte veces, tengo una inclinación natural a dejarme llevar por todo lo que me atrae. Mi corazón pertenece a todas las bellas, y son ellas las que deben disfrutarlo una tras otra y conservarlo tanto como pudieren. (Observando el mausoleo) Pero, ¿qué es ese soberbio edificio que veo entre esos árboles?
SGANARELLE. ¿No lo sabéis?
DON JUAN. Ciertamente, no.
SGANARELLE. Pues, bien, es la tumba que el Comendador estaba construyendo cuando vos lo matasteis.
DON JUAN. ¡Ah! Tienes razón. No sabía que estaba de este lado. Todo el mundo me ha dicho maravillas de esta obra, así como de la estatua del Comendador. Me apetece ir a verla.
SGANARELLE. Señor, no vayáis.
DON JUAN. ¿Por qué?
SGANARELLE. No es correcto ir a visitar a un hombre que habéis matado.
DON JUAN. Al contrario, es una visita de cortesía, y que él recibirá con mucho agrado, si es un hombre galante. Vamos, entremos.
(La tumba se abre y vemos un soberbio mausoleo y
la estatua del Comendador.)
SGANARELLE. ¡Oh, qué belleza! ¡Qué bellas estatuas! ¡Qué mármol tan bello! ¡Qué columnas tan bellas! ¡Oh, qué belleza! ¿Qué os parece, Señor?
DON JUAN. Que no puede ir más lejos la ambición de un hombre muerto; y lo que me parece admirable es que un hombre, que se ha contentado durante su vida con una sencilla morada, quiera tener una tan magnífica para cuando ya no la necesita.
SGANARELLE. ¡Mirad, la estatua del Comendador!
DON JUAN. ¡Por Dios! ¡Míralo qué lindo, con su traje de emperador romano!
SGANARELLE. A fe mía, Señor, qué bien hecho está, parece que tenga vida y que vaya a hablar. Lanza unas miradas hacia nosotros que me darían miedo si estuviera solo, y me da la impresión de que no le gusta mucho vernos.
DON JUAN. Haría mal, y sería descortés por su parte recibir con desaire el honor que le hago. Pregúntale si quiere venir a cenar conmigo.
SGANARELLE. Me parece que es algo que ya no necesita.
DON JUAN. Pregúntaselo, te digo.
SGANARELLE. ¿Os estáis burlando? Sería cosa de locos ir a hablarle a una estatua.
DON JUAN. Haz lo que te digo.
SGANARELLE. ¡Qué tontería! Señor Comendador... (aparte) Me río de mi estupidez, pero es mi amo quien me lo hace hacer. (alto) Señor Comendador, mi Señor Don Juan os pregunta si queréis hacerle el honor de venir a cenar con él.
(La estatua inclina la cabeza)
¡Aaaah!
DON JUAN. ¿Qué ocurre? ¿Qué tienes? Dilo de una vez, ¿quieres hablar?
SGANARELLE (hace el mismo gesto que la estatua) La estatua...
DON JUAN. Pero ¿qué quieres decir, traidor?
SGANARELLE. Os digo que la estatua...
DON JUAN. La estatua ¿qué? Si no hablas, te voy a...
SGANARELLE. La estatua me ha hecho señas..
DON JUAN. Bribón, te voy a...
SGANARELLE. Que me ha hecho señas; no hay nada más cierto. Id vos mismo a hablarle y veréis...
DON JUAN. Ven, bellaco, ven, que quiero comprobar bien tu cobardía. Presta atención. ¿El Señor Comendador querría venir a cenar conmigo?
(La estatua inclina la cabeza, otra vez)
SGANARELLE. Ni por todo el oro del mundo... ¿Y qué, Señor?
DON JUAN. Vamos, salgamos de aquí.
SGANARELLE (aparte). ¡Aquí están los espíritus fuertes que no creen en nada!

ACTO IV
El teatro representa la casa de Don Juan

Escena 1ª
DON JUAN. SGANARELLE

DON JUAN. De cualquier manera, dejémoslo: es una bagatela, y podemos haber sido engañados por un deslumbramiento, o sorprendidos por algún vapor que nos haya turbado la vista.
SGANARELLE. Señor, no intentéis desmentir lo que hemos visto con nuestros propios ojos. No hay nada más cierto que esa seña con la cabeza; y no tengo la menor duda de que el Cielo, escandalizado por vuestra vida, haya producido ese milagro para convenceros, y para retiraros de...
DON JUAN. Escucha. Si me sigues importunando con tus estúpidas moralidades, si me dices la más mínima palabra sobre el tema, voy a llamar a un criado, le voy a pedir que traiga un vergajo, voy a hacer que te sujeten tres o cuatro y te voy a dar una somanta de golpes. ¿Me entiendes bien?
SGANARELLE. Muy bien, Señor, de la mejor manera del mundo. Os explicáis con toda nitidez. Veis, eso lo bueno que tenéis, que no le dais vueltas a las cosas: decís las cosas con una claridad admirable.
DON JUAN. ¡Vamos, que me sirvan la cena lo más pronto posible. Una silla, muchacho.

Escena 2ª
DON JUAN. SGANARELLE. LA VIOLETTE.

LA VIOLETTE. Señor, el Señor Domínguez, vuestro proveedor, está ahí y solicita ser recibido.
SGANARELLE. Pues si que..., lo que nos faltaba, que nos venga ahora a saludar un acreedor. ¿Cómo se le pasa por la cabeza venir a pedirnos dinero? ¿Y tú por qué no le has dicho que el Señor no estaba?
LA VIOLETTE. Hace tres cuartos de hora que se lo digo, pero no quiere creerlo y está sentado ahí mismo esperando.
SGANARELLE. Que espere lo que quiera.
DON JUAN. No, al contrario, hazlo pasar. Es una muy mala política esconderse de los acreedores. Es bueno pagarles con alguna cosa, y yo tengo el secreto de que se marchen satisfechos sin darles ni un céntimo.

Escena 3ª
DON JUAN. SGANARELLE. SEÑOR DOMÍNGUEZ. Séquito.

DON JUAN (con exagerado recibimiento). ¡Ah, Señor Domínguez, acercaos! ¡Qué emocionado estoy al veros y cómo me enfada que mi servidumbre no os haya hecho entrar antes. Había dado órdenes de que no dejaran que nadie me hablase, pero esa orden no va con vos, y tenéis todo el derecho de no encontrar jamás la puerta de mi casa cerrada.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Señor, os estoy muy agradecido.
DON JUAN (a sus lacayos). ¡Insensatos! Ya os enseñaré a dejar al Señor Domínguez en una antecámara. Ya os haré reconocer la dignidad de las personas.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Señor, no tiene importancia.
DON JUAN. ¿Cómo? ¿Le decís que no estoy al Señor Domínguez, al mejor de mis amigos?
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Señor, soy vuestro humilde servidor. He venido...
DON JUAN. Vamos, deprisa, un asiento para el Señor Domínguez.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Señor, estoy bien así.
DON JUAN. Nada de eso. Quiero que estéis sentado junto a mí.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. No es necesario.
DON JUAN. Quitad de ahí esa banqueta y traed una butaca.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Señor, os burláis, y yo...
DON JUAN. No, no, no; sé bien lo que os debo y no quiero de ninguna manera que se ponga diferencia entre nosotros dos.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Señor...
DON JUAN. Vamos, sentaos.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. No es necesario, Señor, sólo tengo una palabra que deciros. Yo estaba...
DON JUAN. Os digo que os pongáis aquí.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. No, Señor, estoy bien. Vengo para...
DON JUAN. No, no os escucharé si no estáis sentado.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Señor, haré lo que digáis. Yo...
DON JUAN. ¡Pardiez! Señor Domínguez, os encuentro muy bien.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Sí, Señor, para serviros. He venido para...
DON JUAN. Tenéis un aspecto admirable, labios frescos, tez sonrosada, ojos vivos.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. A mí me gustaría...
DON JUAN. ¿Y cómo se encuentra la Señora Domínguez, vuestra esposa?
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Muy bien, Señor, a Dios gracias.
DON JUAN. ¡Santa mujer!
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Es vuestra servidora, Señor. Pero yo venía para...
DON JUAN. ¿Y vuestra hijita Claudina, cómo se encuentra?
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Muy bien, Señor, perfectamente.
DON JUAN. ¡Que niña tan linda! La quiero con todo mi corazón.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Es demasiado honor el que le hacéis, Señor. Pero yo quisiera...
DON JUAN. ¿Y el pequeño Colás? ¿Sigue haciendo ruido con su tambor?
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Siempre igual, Señor, siempre igual. Pero déjeme que le...
DON JUAN. ¿Y vuestro perrito Bronco? ¿Gruñe siempre tan fuerte y le muerde las pantorrillas a la gente que va a vuestra casa?
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Más que nunca, Señor, y no sabemos cómo acabar con ello.
DON JUAN. No os extrañéis si me informo de las novedades de toda la familia; me tomo mucho interés por ellos.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Señor, os estamos infinitamente agradecidos. Yo...
DON JUAN (le tiende la mano) Esta es mi mano, Señor Domínguez. ¿Os puedo contar entre mis amigos?
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Señor, soy vuestro servidor.
DON JUAN. ¡Pardiez! Soy vuestro de todo corazón.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Es demasiado el honor que me hacéis. Yo...
DON JUAN. Nada hay que no hiciera por vos.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Señor, sois demasiado bueno conmigo.
DON JUAN. Y todo sin ningún interés; creedme.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Es gracia que no merezco, sin duda. Pero, Señor, yo...
DON JUAN. Vamos, vamos, Señor Domínguez, sin cumplidos, ¿queréis cenar conmigo?
SEÑOR DOMÍNGUEZ. No, Señor, debo regresar enseguida. Pero yo...
DON JUAN (levantándose). Vamos, rápido una antorcha para acompañar al Señor Domínguez, y que cuatro o cinco de mis hombres lo escolten con mosquetones.
SEÑOR DOMÍNGUEZ (levantándose) Señor, no es necesario; puedo irme solo. Pero, yo...
(Sganarelle quita los asientos rápidamente)
DON JUAN. ¿Cómo? Quiero que os escolten. Vuestra persona me interesa demasiado. Soy vuestro servidor y además vuestro deudor.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. ¡Ah, Señor! Pues de eso...
DON JUAN. Es algo que no escondo, y que le digo a todo el mundo.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Pero si vos...
DON JUAN. ¿Queréis que os acompañe?
SEÑOR DOMÍNGUEZ. ¡Ah, Señor os burláis de mi...!
DON JUAN. Permitidme que os bese. Os ruego una vez más que estéis persuadido de que soy vuestro, y que no hay nada en el mundo que yo no hiciera en vuestro servicio. (Sale)
SGANARELLE. Hay que reconocer que tenéis en mi Señor a un hombre que os quiere.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Es verdad; me hace tantas ceremonias y tantos cumplidos, que no sé nunca pedirle mi dinero.
SGANARELLE. Os aseguro que toda la casa perecería por vos; y querría que os ocurriese cualquier cosa, que alguien se atreviese a daros bastonazos y ya veríais de qué manera...
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Lo creo, lo creo; pero, Sganarelle, os ruego que le digáis una palabrita sobre mi dinero.
SGANARELLE. ¡Oh, no os preocupéis, os pagará de la mejor manera.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Pero vos, Sganarelle, también me debéis algo de vuestra cuenta particular.
SGANARELLE. ¡Bah! No hablemos de eso.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. ¿Cómo? Yo...
SGANARELLE. ¿Acaso pensáis que no sé que os debo?
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Sí, claro, pero...
SGANARELLE. Vamos, Señor Domínguez, os voy a alumbrar.
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Pero, mi dinero...
SGANARELLE (tomando al Señor Domínguez por el brazo) ¿Os burláis de m í?
SEÑOR DOMÍNGUEZ. No, pero yo quiero que...
SGANARELLE (tirando de él). ¡Vamos!
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Me parece que ya...
SGANARELLE (empujándolo) ¡Tonterías!
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Pero, es que...
SGANARELLE (empujándolo) ¡Bah!
SEÑOR DOMÍNGUEZ. Ya, pero...
SGANARELLE (sacándolo fuera). ¡Bah, os digo, bah!


Escena 4ª
SGANARELLE. LA VIOLETTE. DON JUAN. DON LOUIS.

LA VIOLETTE. ¡Señor, Señor! (a Don Juan, que entra) Vuestro señor padre acaba de llegar.
DON JUAN. ¡Ah, ahora si que estamos bien: me faltaba esta visita para terminar de enojarme.
DON LUIS (entrando).Ya veo que os soy molesto y que preferiríais fácilmente que no hubiera venido. A decir verdad, como si fuéramos extraños, nos incomodamos el uno al otro; y si estáis laso de verme, no menos laso estoy yo de vuestra contumaz porfía. ¡Ay de mí! ¡Qué poco sabemos lo que estamos haciendo cuando obramos de espaldas a los cuidados del Cielo, que sabe cuáles son nuestras necesidades verdaderas, cuando queremos ser más advertidos que el Cielo, y venimos a importunarlo con plegarias ciegas y rogativas desconsideradas! He deseado un hijo con fervor sin par; y lo he demandado sin descanso, con vehemencia increíble; y este hijo que me es dado fatigando al Cielo con mis ruegos, es la aflicción y el suplicio de esta vida mía, cuando yo esperaba que fuera mi alegría y mi consuelo. ¿Con qué ánimo pensáis que puedo asistir a ese cúmulo de acciones indignas, cuya maldad nos es imposible suavizar a los ojos del mundo, esa continua sucesión de inicuidades, que nos reducen, en todo momento, a agotar la bondad del Soberano, y que han destruido ante él los méritos por mis servicios, y ante mis amigos la credibilidad? ¡Dios mío, qué bajeza la vuestra! ¿No enrojecéis de vergüenza al merecer tan poco vuestro nacimiento? ¿Pensáis que tenéis derecho de obtener de ello alguna vanidad? ¿Y qué habéis hecho en este mundo para ser gentilhombre? ¿Creéis que basta con llevar el nombre y las armas, y que basta para obtener la gloria ser de sangre noble viviendo como un infame? No, hijo mío, la cuna no es nada cuando no hay virtud. Habéis de saber que sólo participamos de la gloria de nuestros antepasados en la medida en que nos esforzamos en parecernos a ellos, y que el brillo de sus acciones, que se derrama sobre nosotros, nos impone el compromiso de devolverles el honor que nos dieron, de seguir las huellas de sus pasos y de no menoscabar sus virtudes, si queremos ser considerados como sus dignos descendientes. Con vuestra actitud descendéis en vano de vuestros ancestros; os desautorizan por su sangre, y nada de lo que han hecho de ilustre os da ventaja alguna. Al contrario, el brillo de sus acciones sólo brota en vos para vuestra deshonra, y aquella gloria es una luminaria que alumbra a los ojos del mundo la vergüenza de vuestras acciones. Sabed, finalmente, que un gentilhombre que vive con desorden es un monstruo de la naturaleza, que la virtud es el primer título de nobleza, que me importa mucho menos el nombre de una firma que las acciones que se hace, y que tendré por mejor al hijo de un mozo de cuerda, si es un hombre honrado, que al hijo de un monarca si vive como vos.
DON JUAN. Señor, si estuvierais sentado, estarías más cómodo para hablar.
DON LUIS. No, insolente, no quiero sentarme ni hablar más; ya veo que mis palabras no surten efecto en tu alma. Pero has de saber, hijo indigno, que el amor paterno ha llegado a su límite por culpa de tus actos, y que yo sabré, antes de lo que piensas, poner un tope a tus desórdenes, adelantarme a la cólera del Cielo y lavar con tu castigo la vergüenza de haberte dado la vida. (Sale)

Escena 5ª
DON JUAN. SGANARELLE.

DON JUAN. ¡Moríos lo antes que podáis, es lo mejor que podéis hacer! Cada cual tiene que tener su momento, y no puedo sufrir ver que los padres vivan tanto como los hijos. (Se sienta en su sillón)
SGANARELLE. Señor, os equivocáis.
DON JUAN. ¿Me equivoco?
SGANARELLE (asustado). Señor, yo...
DON JUAN (levantándose) ¿Qué yo me equivoco?
SGANARELLE. Si, Señor, os equivocáis al haber consentido todo lo que os ha dicho, y que deberíais haberlo echado a la calle. ¿Pero se ha visto impertinencia mayor? ¡Un padre que viene a reprender a su hijo, y que le dice que se corrija, que se acuerde de su cuna, que lleve una vida de hombre honrado y cien tonterías semejantes más! ¿Pero puede eso consentirlo un hombre como vos, que sabe muy bien cómo se debe vivir? Admiro vuestra paciencia, y si yo hubiera estado en vuestro lugar lo habría enviado a pasear. (Aparte) ¡Oh, complacencia maldita! Mira a lo que me empujas!
DON JUAN. ¿Podré cenar pronto?

Escena 6ª
DON JUAN. SGANARELLE. RAGOTIN. DOÑA ELVIRA.

RAGOTIN. Señor, una dama velada quiere hablaros.
DON JUAN. ¿Qué podrá ser esto, ahora?
SGANARELLE. Habrá que ver.
DOÑA ELVIRA (entrando). Que no os sorprenda, Don Juan, verme a esta hora y con este atuendo. Un motivo urgente me obliga a esta visita, y lo que tengo que deciros no permite en modo alguno el retraso. No vengo aquí llena de la ira que no hace tanto hice estallar, y ya me veis cambiada con respecto a esta mañana. Esta Doña Elvira no es aquella que os deseaba lo peor, y cuya alma irritada no lanzaba sino amenazas y no respiraba sino venganza. El Cielo ha expulsado de mi alma todas esas indignas pasiones que yo sentía por vos, todos esos transportes tumultuosos de una inclinación criminal, todos esos vergonzosos arrebatos de un amor terrenal y grosero; y no ha dejado por vos en mi corazón más que una llama purificada de todo comercio de los sentidos, una ternura santa, un amor desligado de todo, que ya no actúa para sí, y que no sufre más que por vuestro interés.
DON JUAN (aparte a Sganarelle). ¿Estás llorando, verdad?
SGANARELLE. Perdóneme.
DOÑA ELVIRA. Es ese perfecto y puro amor el que me trae aquí por vuestro bien, para participaros un aviso del Cielo y tratar de retiraros del precipicio hacia el que corréis. Sí, Don Juan, conozco todos los desórdenes de vuestra vida, y el mismo Cielo que ha alcanzado mi corazón y ha hecho que vea las desviaciones de mi conducta, me ha inspirado para que viniera a veros y a deciros de su parte que vuestras ofensas han colmado su misericordia, que su temible cólera esta pronta a caer sobre vos, que está en vos evitarlo por un pronto arrepentimiento y que quizás no os quede ni un día para sustraeros a la mayor de las desgracias. En cuanto a mí, no me siento ligada a vos por ninguna atadura mundana; he vuelto atrás, gracias al Cielo, de todos mis locos pensamientos; mi retiro está decidido y no pido sino vida suficiente para poder expiar la falta que he cometido, y merecer, por una austera penitencia, el perdón por la ceguera que me hundió en los arrebatos de una pasión condenable. Sin embargo, en ese retiro tendría un dolor extremo si una persona a la que he amado tan tiernamente llegara a ser ejemplo funesto de la justicia del Cielo; y me producirá una alegría increíble si puedo llevaros a desviar el espantoso golpe que os amenaza. Os lo suplico, Don Juan, concededme como última gracia, este dulce consuelo; no me neguéis vuestra salvación; mirad que os lo pido con lágrimas en los ojos; y si no os preocupa vuestro interés, pensad al menos en mis oraciones y ahorradme el cruel dolor de veros condenado a suplicios eternos.
SGANARELLE (aparte) ¡Pobre mujer!
ELVIRA. Os he amado con ternura extrema, nada en el mundo me ha sido tan querido. He olvidado mi deber por vos, he hecho cualquier cosa por vos, y toda la recompensa que os pido es que corrijáis vuestra vida, y que os anticipéis a vuestra perdición. Salvaos, os lo suplico, o por amor a vos mismo o por amor a mí. Una vez más, Don Juan, os lo pido con lágrimas; y si las lágrimas de una persona a la que habéis amado no bastan, os conjuro por todo lo que sea más capaz de conmoveros.
SGANARELLE (aparte, mirando a Don Juan) ¡Corazón de tigre!
DOÑA ELVIRA. Tras esta reflexión, me retiro; es todo lo que os tenía que decir.
DON JUAN. Señora, es ya muy tarde, quedaos; os alojaremos lo mejor que podamos.
DOÑA ELVIRA. No, Don Juan, no me retengáis más.
DON JUAN. Señora, me haríais muy feliz quedándoos, os lo aseguro.
DOÑA ELVIRA. No, os digo; no perdamos más tiempo en discursos superfluos. Dejadme marchar, no ordenéis ninguna instancia para acompañarme, y, únicamente, pensad en aprovechar mi aviso.

Escena 7ª
DON JUAN. SGANARELLE. LA VIOLETTE. Séquito.

DON JUAN. ¿Sabes que he sentido otra vez algo de emoción por ella, que he encontrado atracción en esta extraña novedad, y que su manera descuidada de vestir, su aspecto lánguido y sus lágrimas han despertado en mí algunos pequeños restos de una llama apagada?
SGANARELLE. O sea, que sus palabras no han hecho efecto alguno en vos.
DON JUAN. Rápido, a cenar.
SGANARELLE. Muy bien.
DON JUAN (poniéndose a la mesa). Sganarelle, hay que ir pensando, sin embargo, en enmendarse.
SGANARELLE (incrédulo). ¡Sí, claro!
DON JUAN. ¡Sí, a fe mía! Hay que enmendarse. Veinte o treinta años más de esta vida y después ya pensaremos en la salvación.
SGANARELLE. ¡Oh!
DON JUAN. ¿Qué te parece?
SGANARELLE. Nada. Aquí está la cena.
(Agarra un trozo de uno de los platos que traen, y se lo mete en la boca)
DON JUAN. Parece que tienes la mejilla inflamada. ¿Qué te pasa? Habla. ¿Qué tienes?
SGANARELLE. Nada.
DON JUAN. ¡Diablos! A ver, enséñame eso. Es una fluxión que le ha salido en la mejilla. Rápido, una lanceta; hay que hacerle una punción. ¡Pobre muchacho; no puede más, y este absceso lo va a ahogar! (Sganarelle deshincha la mejilla) Espera: por lo visto estaba maduro. ¡Ah, bribonazo!
SGANARELLE. Señor, yo quería comprobar si vuestro cocinero había puesto demasiada sal o demasiada pimienta. ¡En serio!
DON JUAN. Vamos, siéntate y come. Tengo asuntos que tratar contigo después de cenar. Por lo visto, tienes hambre.
SGANARELLE (sentándose) Ya lo creo, Señor; no he comido nada desde esta mañana. Probad ese trozo, es de lo mejor.
(Un lacayo le quita los platos que tiene delante)
Mi plato, mi plato. ¡Despacio, por favor! ¡Diantre, compadre qué hábil sois sirviendo platos limpios.
(Mientras que un criado le sirve bebida, el otro le quita otro plato)
Vaya, La Violette, que oportuno sois sirviendo bebida.
(Se oyen golpes en la puerta)
DON JUAN. ¿Quién puede llamar de esta manera?
SGANARELLE. ¿Quién viene a turbar nuestra cena?
DON JUAN. Al menos, quiero cenar tranquilo. Que no dejen entrar a nadie.
SGANARELLE. Dejadme hacer, voy yo mismo.
DON JUAN (viendo volver a Sganarelle espantado). ¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?
SGANARELLE (bajando la cabeza como hizo la estatua). La... el... está ahí.
DON JUAN. Vamos a ver, y demostremos que nada me puede estremecer.
SGANARELLE. ¡Ay, pobre Sganarelle, dónde te puedes esconder?

Escena 8ª
SGANARELLE. DON JUAN. LA ESTATUA DEL COMENDADOR. Séquito.

DON JUAN (a sus criados). Rápido, una silla y un cubierto. (A Sganarelle) Vamos, vuelve a la mesa.
SGANARELLE. No, Señor, ya no tengo hambre.
DON JUAN. A la mesa, te digo. Traigan vino. A la salud del Comendador. Sírvanle una copa.
SGANARELLE. No, Señor, no tengo sed.
DON JUAN. Bebe y canta tu canción para festejar al Comendador.
SGANARELLE. Es que estoy resfriado, Señor.
DON JUAN. No importa. Vamos. Vosotros, venid, hacedle el acompañamiento.
LA ESTATUA. Don Juan, basta ya. Os invito a que vengáis mañana a cenar conmigo. ¿Tendréis valor para venir?
DON JUAN. Sí, iré. Sólo me acompañará Sganarelle.
SGANARELLE. No, os podéis ahorrar el cumplido. Mañana hago ayuno.
DON JUAN (a Sganarelle) Coge esa antorcha.
LA ESTATUA. No se necesita luz cuando se es conducido por el Cielo.

ACTO V
El teatro representa el campo a las puertas de la ciudad

Escena 1ª
DON JUAN. DON LUIS. SGANARELLE.

DON LUIS. ¿Cómo? ¿Es posible que la bondad del Cielo haya otorgado mis rogativas? ¿Es verdad lo que me estáis diciendo? ¿No me engañáis con falsas esperanzas; puedo tener seguridad sobre la novedad sorprendente de semejante conversión?
DON JUAN (haciendo el hipócrita). Sí, aquí me tenéis de vuelta de todos mis errores. No soy el mismo de ayer noche y el Cielo ha realizado en mí, de repente, una mudanza que va a sorprender a todo el mundo: ha iluminado mi alma, me ha abierto los ojos. Ahora observo con horror la larga ceguera en la que he estado sumergido y los desórdenes criminales que han regido mi vida. Reviso en mi espíritu todas las abominaciones cometidas y me pregunto cómo el Cielo ha podido sufrirlas tan largo trecho sin haber dejado caer veinte veces sobre mi cabeza la espada de su temible justicia. Soy consciente de las gracias que su bondad me ha concedido al no castigarme por mis crímenes. Pretendo sacar provecho de ello en su debida manera, hacer estallar a los ojos del mundo una repentina transformación en mi vida, hacer reparación así del escándalo de mis actos pasados y esforzarme en obtener del Cielo la plena remisión de mis pecados. Es en lo que voy a afanarme. Os suplico, Señor, que aceptéis contribuir en este designio y que me socorráis eligiendo vos mismo una persona que me sirva de guía y bajo cuya conducta pueda seguir sin peligros el camino en el que me voy a adentrar.
DON LUIS. ¡Ay, hijo mío! ¡Qué fácilmente es recuperado el afecto de un padre y cómo con la menor palabra de arrepentimiento las ofensas de un hijo se desvanecen! Ya no recuerdo todos los dolorosos enojos que me habéis infligido; todo ha sido borrado por las palabras que me acabáis de hacer escuchar. Me siento fuera de mí, lo reconozco; lloro de alegría; todos mis ruegos han sido satisfechos y ya no tengo nada más que pedir al Cielo. Abrazadme, hijo mío, y persistid, os conjuro, en esta loable idea. En cuanto a mí, me voy sin dilación a comunicar la feliz noticia a vuestra madre, a compartir con ella la dulce emoción de la felicidad en que me encuentro y a dar gracias al Cielo por las santas resoluciones que se ha dignado inspiraros.

Escena2ª
DON JUAN. SGANARELLE

SGANARELLE. ¡Ah, Señor, qué alegría al veros convertido! Hace tiempo que lo esperaba, y, por fin, ahí están mis deseos cumplidos.
DON JUAN. ¡La peste te lleve, bobo!
SGANARELLE. ¿Por qué bobo?
DON JUAN. ¿Qué? ¿Aceptas como buena moneda lo que acabo de decir? ¿Crees que mi boca estaba de acuerdo con mi corazón?
SGANARELLE. ¿Qué? No es eso... No estáis... Vuestro... (A parte) ¡Ay, qué hombre! ¡Qué hombre! ¡Qué hombre!
DON JUAN. No, no; no estoy nada cambiado, y mis sentimientos son siempre los mismos.
SGANARELLE. ¿No os rendís ante la sorprendente maravilla de esa estatua moviente y parlante?
DON JUAN. Algo hay en ese asunto que no comprendo; pero sea lo que sea, no es capaz ni de convencer mi espíritu ni de asustar mi alma. Y si he dicho que quería corregir mi conducta e iniciar un modo de vida ejemplar, es un propósito manifestado por pura política, una estratagema útil, una mueca necesaria, a la que quiero sujetarme, para manipular a un padre que me es necesario y para ponerme a cubierto, en la sociedad, de cien molestas aventuras que me podrían ocurrir. Quiero, Sganarelle, que seas mi confidente en esto, y de este modo estaré tranquilo teniendo un testigo del fondo de mi alma y de los verdaderos motivos que me obligan a ciertas actitudes.
SGANARELLE. ¿Cómo? ¿ No creéis nada de todo eso y sin embargo queréis erigiros en hombre de bien?
DON JUAN. ¿Y por qué no? ¡Hay tantos como yo, ejerciendo este oficio y que se sirven de la misma máscara para engañar al mundo entero!
SGANARELLE (aparte) ¡Ay, qué hombre, qué hombre!
DON JUAN. Ya no se siente vergüenza por ello: la hipocresía es un vicio que está de moda, y todos los vicios de moda pasan por virtudes. El personaje de hombre de bien es el mejor de todos los personajes que podamos interpretar en el momento actual, y la profesión de hipócrita tiene espléndidas ventajas. Es un arte cuya impostura siempre es respetada; y aun descubriéndola nada osamos decir contra ella. Todos los otros vicios de los hombres están expuestos a la censura y cualquiera tiene la libertad de atacarlos altivamente; pero la hipocresía es un vicio privilegiado, que, con su ayuda, cierra la boca a todo el mundo y goza tranquilamente de una impunidad soberana. Se encadena, a fuerza de muecas, una sociedad estrecha con toda la gente del partido. Quien choca con uno se los echa a todos encima, e, incluso, los que sabemos que obran de buena fe y que sabemos que son verdaderamente sinceros, esos, te digo, son siempre engañados por los otros; caen fácilmente en la red de los fingidores y apoyan ciegamente a los simios en sus acciones. ¿Cuántos crees tú que pueda conocer que, por medio de esta estratagema, han rehabilitado diestramente los desórdenes de su juventud, que se han hecho un escudo con el manto de la religión y que bajo esta apariencia respetada tienen autorización para ser los peores hombres del mundo? En vano conoceremos sus intrigas, en vano los conoceremos por lo que son; no dejarán por ello de tener crédito en sociedad. Una inclinación de cabeza, un suspiro de mortificación y un par de miradas traspuestas reacomodan perfectamente en el mundo todo lo que pudieran hacer. Y es bajo este abrigo favorable que me quiero escapar y poner mis asuntos a buen recaudo. No abandonaré en absoluto mis dulces hábitos, pero tendré la precaución de esconderme y me divertiré sin ruido. Y, si llego a ser descubierto veré cómo sin moverme todos los intrigantes se harán cargo de mis intereses, y seré defendido por ellos de y contra todos. En fin, he ahí el verdadero medio de hacer impunemente todo lo que me venga en gana. Me erigiré en censor de los actos ajenos, juzgaré desfavorablemente a todo el mundo y únicamente tendré buena opinión de mí mismo. Tan pronto me hayan ofendido, ya sea en pequeña medida, no perdonaré jamás y conservaré, con toda la calma, un odio irreconciliable. Interpretaré el papel de vengador de los intereses del Cielo y, bajo ese pretexto cómodo, rechazaré a mis enemigos, los acusaré de impiedad y sabré desencadenar contra ellos a esos celosos de la causa sin discernimiento, que, sin conocimiento de causa, gritarán en público en su contra, los hundirán con injurias y los condenarán gravemente con su autoridad privada. Así es cómo debemos aprovecharnos de la debilidad humana y cómo un espíritu sensato se acomoda a los vicios de su siglo.
SGANARELLE.¡Oh, Cielos!, ¿qué estoy oyendo? Ya sólo os faltaba ser hipócrita para hundiros de todo punto, y ya tenemos el colmo de las abominaciones. Señor, esta última me empuja y no puedo impedirme hablar. Hacedme lo que queráis, pegadme, moledme a palos, matadme si queréis: tengo que descargar mi corazón y, como criado fiel, deciros lo que debo deciros. Tenéis que saber, Señor, que tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe; y, como dice muy bien ese autor que no sé quién es, el hombre está en este mundo como el pájaro en la rama; la rama sale del árbol; el que sale del árbol sigue buenos preceptos; los buenos preceptos valen más que las buenas palabras; las buenas palabras están en la Corte; en la Corte están los cortesanos; los cortesanos siguen la moda; la moda viene de la imaginación; la imaginación es una facultad del alma; el alma es lo que nos da la vida; la vida acaba en la muerte; la muerte nos hace pensar en el Cielo; el cielo está encima de la tierra; la tierra no es el mar; el mar está sujeto a tempestades; las tempestades atacan a los bajeles; los bajeles necesitan un buen piloto; un buen piloto tiene prudencia; la prudencia no es cosa de jóvenes; los jóvenes deben obediencia a sus mayores; los mayores aman las riquezas; las riquezas hacen a los ricos; los ricos no son pobres; los pobres sufren necesidad; la necesidad no tiene ley; el que no tiene ley vive como bestia bruta, y, consecuentemente, seréis condenado a todos los diablos.
DON JUAN. ¡Hermoso razonamiento!
SGANARELLE. Si después de esto no os rendís, tanto peor para vos.

Escena 3ª
DON JUAN, SGANARELLE. DON CARLOS

DON CARLOS. Don Juan, os encuentro oportunamente, y me encuentro más cómodo hablándoos aquí que en vuestra casa para preguntaros por vuestras resoluciones. Sabéis que ese cuidado me importa y que me encargué en presencia vuestra de este asunto. Yo, no lo escondo en absoluto, prefiero que las cosas discurran amablemente. No hay nada que no hiciera para llevar vuestro ánimo a que consienta en tomar esa vía y para ver confirmado públicamente en mi hermana el nombre de vuestra esposa.
DON JUAN (con tono hipócrita). ¡Ay de mí! Ya quisiera yo, de todo corazón, daros la satisfacción que deseáis, pero el Cielo se opone a ello directamente: El ha inspirado en mi alma el designio de cambiar de vida, y no tengo ahora otro anhelo sino el de abandonar enteramente todas las ataduras con el mundo, el de despojarme lo antes posible de toda clase de vanidades y el de corregir de hoy en adelante, con una austera conducta, todos los desarreglos criminales a los que me ha llevado el fuego de una ciega juventud.
DON CARLOS. Ese designio, Don Juan, no choca con lo que os digo, y la compañía de una esposa legítima puede acomodarse perfectamente con los loables pensamientos que el Cielo os ha inspirado.
DON JUAN. ¡Ay de mí! En modo alguno. Es un designio que también vuestra hermana ha tomado: ha decidido su retiro, y ambos hemos sido tocados por la gracia en el mismo instante.
DON CARLOS. Su retiro no puede satisfacernos, pudiendo ser imputado al menosprecio hacia ella y hacia nuestra familia. Nuestro honor exige que viva con vos.
DON JUAN. Os aseguro que no se puede. Yo tenía todos los deseos del mundo, y aún hoy he tomado consejo del Cielo sobre ello. Pero cuando estaba rezando he oído una voz que me ha dicho que no debía en modo alguno pensar en vuestra hermana, pues con ella no alcanzaría ciertamente mi salvación.
DON CARLOS. ¿Creéis, Don Juan, deslumbrarnos con esas bellas excusas?
DON JUAN. Obedezco la voz del Cielo.
DON CARLOS. ¿Cómo? ¿Queréis que acepte semejante discurso?
DON JUAN. Es el Cielo quien así lo quiere.
DON CARLOS. ¿Así que habríais hecho salir a mi hermana de un convento para luego abandonarla?
DON JUAN. El Cielo así lo ordena.
DON CARLOS. ¿Y sufriremos esta afrenta en nuestra familia?
DON JUAN. Demandadlo al Cielo.
DON CARLOS. ¿Cómo? ¿Siempre el Cielo?
DON JUAN. El Cielo así lo quiere.
DON CARLOS. ¡Basta, Don Juan, os comprendo. No es aquí donde quiero enfrentarme a vos; éste no es el lugar adecuado. Pero, pronto sabré encontraros.
DON JUAN. Haced lo que queráis; sabéis que no me falta valor y que sé servirme de mi espada cuando llega el momento. Voy a pasar enseguida por esa callejuela apartada que conduce al gran convento, pero os declaro que no soy yo quien quiere batirse: el Cielo me lo prohibe. Si me atacáis, veremos lo que ocurre.
DON CARLOS. Veremos, en verdad, veremos.

Escena 4ª
DON JUAN SGANARELLE.

SGANARELLE. Señor, ¿qué estilo de todos los diablos estáis adoptando? Esto es mucho peor que antes. Me gustabais mucho más cómo estabais. Tenía esperanzas de vuestra salvación, pero ahora es pura desesperanza, y creo que el Cielo, que os ha soportado hasta aquí, no podrá soportar de ninguna manera este último horror.
DON JUAN. ¡Vamos, vamos! El Cielo no es tan estricto como lo piensas. Si siempre que los hombres...
SGANARELLE (viendo al Espectro). ¡Ah, Señor! El Cielo os habla; eso es un aviso.
DON JUAN. Si el Cielo me da un aviso, debería hablar un poco más claro si quiere que lo oiga.


Escena 5ª
DON JUAN. SGANARELLE. UN ESPECTRO .

EL ESPECTRO (como mujer cubierta con un velo). Don Juan no tiene ya más que un solo instante para poder aprovechar la misericordia de Dios. Si no se arrepiente ahora, su condenación está decidida.
SGANARELLE. ¿Lo estáis oyendo, Señor?
DON JUAN. ¿Quién osa tener ese discurso? Creo que conozco esa voz.
SGANARELLE. ¡Ah, Señor, es un espectro: lo conozco en el caminar!
DON JUAN. Espectro, fantasma o diablo, quiero ver lo que es.
(Don Juan va a tocarlo. El Espectro cambia de figura;
ahora representa al Tiempo con su guadaña)
SGANARELLE. ¡Cielos! ¿Estáis viendo ese cambio de figura?
DON JUAN. No, no, nada es capaz de provocarme terror, y quiero comprobar con mi espada si es espíritu o cuerpo.
(El Espectro desaparece cuando Don Juan quiere alcanzarlo)
SGANARELLE. Ay, Señor, rendíos ante tantas pruebas. Iniciad rápidamente el camino del arrepentimiento.
DON JUAN. No, no; nadie podrá decir, ocurra lo que ocurra, que yo sea capaz de arrepentirme. Vamos, sígueme.

Escena 6ª
DON JUAN. SGANARELLE. LA ESTATUA DEL COMENDADOR.

LA ESTATUA. ¡Deteneos, Don Juan! Anoche me distéis palabra de venir a cenar conmigo.
DON JUAN. Así es. ¿Adónde hay que ir?
LA ESTATUA. Dadme la mano.
DON JUAN. Aquí la tenéis.
LA ESTATUA. Don Juan, el endurecimiento de los pecados entraña una muerte funesta, y las gracias del Cielo que se rechazan abren un camino hacia las llamas.
DON JUAN. ¡Oh, Cielos! ¿Qué siento? Un fuego invisible me quema; no puedo más; todo mi cuerpo se convierte en una llama ardiente.
(Suena un trueno con gran aparato; cae un rayo sobre Don Juan;
la tierra se abre y se lo traga; salen grandes llamas.)
SGANARELLE. ¡Ah, mi sueldo!... ¡, mi sueldo!... Aquí tenemos a cada uno satisfecho por su muerte: el Cielo ofendido, las leyes violadas, las mujeres seducidas, las familias deshonradas, los padres ultrajados, esposas abandonadas, maridos engañados. Todo el mundo está contento. Sólo yo soy desdichado... ¡Mi sueldo, mi sueldo, mi sueldo!


FIN
de la comedia