|
Dom
Juan
o El convidado de piedra Comedia de Jean-Baptiste Poquelin MOLIÈRE traducción de Antonio González Beltrán |
|
Personajes
DON JUAN, hijo de Don Luis SGANARELLE, criado de Don Juan ELVIRA, mujer de Don Juan GUZMÁN, escudero de Elvira DON CARLOS, hermano de Elvira DON ALONSO, hermano de Elvira CARLOTA, campesina MATURINA, campesina PEDROTE, campesino FRANCISCO, pobre LA ESTATUA DEL COMENDADOR LA RAMÉE, espadachín LA VIOLETTE, lacayo de Don Juan RAGOTÍN, lacayo de Don Juan DON LUIS, padre de Don Juan SEÑOR DOMINGUEZ, comerciante UN ESPECTRO SÉQUITO de Don Juan SÉQUITO de Don Carlos y de Don Alonso |
La escena representa un palacio
Escena 1ª:
SGANARELLE. GUZMÁN.
Escena 2ª.
DON JUAN. SGANARELLE.
DON JUAN.¿Quién era ese hombre con el que hablabas? Me ha parecido
que era el bueno de Guzmán de Doña Elvira.
SGANARELLE. Algo así era, más o menos.
DON JUAN. ¿Cómo? ¿Es él?
SGANARELLE. El mismo que viste y calza.
DON JUAN. Y desde cuándo está en la ciudad?
SGANARELLE. Desde ayer noche.
DON JUAN. ¿Y qué le trae por aquí?
SGANARELLE. Creo que sabéis de sobra lo que le inquieta.
DON JUAN. ¿Nuestra partida, quizás?
SGANARELLE. El pobre hombre está muy mortificado, y me ha preguntado
qué razón teníamos.
DON JUAN.¿Y qué respuesta le has dado?
SGANARELLE. Que no me habíais dicho nada.
DON JUAN. Pero, vamos a ver. ¿Qué piensas tú? ¿Qué
te imaginas que está ocurriendo?
SGANARELLE. Yo creo, sin querer ofenderos, que tenéis algún
nuevo amor a la vista.
DON JUAN. ¿Eso crees?
SGANARELLE. Sí.
DON JUAN. ¡A fe mía que no te equivocas! Y debo confesarte que
otro amor ha desplazado a Elvira de mis pensamientos.
SGANARELLE. ¡Dios mío! Me sé a mi Don Juan por la punta
de los dedos, y conozco vuestro corazón como el más correntero
del mundo: le encanta pasearse de lazo en lazo, pero no le gusta nada permanecer
en un solo lugar.
DON JUAN. ¿Y no te parece que hago bien actuando así? Dime.
SGANARELLE. Pues, señor...
DON JUAN. ¿Qué? Habla.
SGANARELLE. Naturalmente que hacéis bien, si así lo queréis;
no se puede contradecir eso. Pero si no lo quisierais, quizás sería
otro asunto.
DON JUAN. ¡Pues, bien! Te doy la libertad de que hables y me digas tus
sentimientos.
SGANARELLE. En ese caso, Señor, os diré francamente que no apruebo
vuestros métodos, y que me parece muy feo estar amando a diestra y
siniestra como hacéis.
DON JUAN. ¿Cómo? ¿Quieres que me ate al primer amor y
que renuncie al mundo y que no tenga ojos para nadie más? ¡Vaya
cosa eso de llenarse del falso honor de ser fiel, de enterrarse para siempre
en una pasión y de estar muerto para las otras bellezas que se nos
presenten a la vista! No, no: la constancia no es buena más que para
gente ridícula; todas tienen derecho a gustarme, y la ventaja de haber
sido la primera no debe impedir a las otras las justas pretensiones que todas
tienen sobre mi corazón. A mí, la belleza me subyuga donde la
encuentre, y cedo fácilmente a esa dulce violencia con la que nos arrastra.
Por mucho que me comprometa, el amor que siento por una de ellas no compromete
mi alma a ser injusto con las otras; conservo ojos para reconocer el mérito
de todas, y a cada una le rindo el homenaje y los tributos que la naturaleza
demanda. Sea como sea, no puedo negar mi corazón a ningún objeto
amable; y tan pronto como una cara bonita me lo pide, si tuviera diez mil
corazones, los daría todos. Los amores nacientes tienen, después
de todo, encantos inexplicables. Todo el placer del amor está en el
cambio. Se siente un gusto extremo reduciendo con cien homenajes el corazón
de una joven belleza, viendo día a día los pequeños progresos
que hacemos, combatiendo con arrebatos, con lágrimas y con suspiros
el inocente pudor de un alma que se resiste con dificultad, forzando paso
a paso todas las pequeñas resistencias que nos opone, venciendo los
escrúpulos con los que defiende su honor y conducirla suavemente allí
donde queremos que vaya. Pero una vez conseguida, se acabó el interés,
ya no hay nada que desear; toda la belleza de la pasión se terminó,
y nos dormimos en la calma de un amor ya conseguido, si algún nuevo
objeto viene a despertar nuestros deseos y presenta a nuestro corazón
los atractivos encantos de una nueva conquista a realizar. En fin, nada hay
tan dulce como triunfar sobre la resistencia de una persona amable, y en este
tema tengo la ambición de los conquistadores, que vuelan perpetuamente
de victoria en victoria, y no pueden ponerle cerco a sus ambiciones. Nada
hay que pueda detener el ímpetu de mis deseos: siento que soy un corazón
capaz de amar a la tierra entera; y como Alejandro, yo desearía que
hubiera otros mundos, para poder extender allí mis conquistas amorosas.
SGANARELLE. ¡Por todos los santos, qué manera de hablar! Parece
que os lo hubierais aprendido de memoria; habláis como un libro.
DON JUAN. ¿Y qué tienes que decir de todo esto?
SGANARELLE. A fe mía, tengo que decir que... No sé qué
decir, pues le dais la vuelta a las cosas de tal manera que parece que tengáis
razón y sin embargo es verdad que no la tenéis. Yo tenía
las ideas más claras del mundo, pero vuestras palabras lo han enredado
todo. Esperad y veréis: la próxima vez pondré mis razonamientos
por escrito para discutir con vos.
DON JUAN. Harás bien.
SGANARELLE. Pero, Señor ¿me excedería en el permiso que
me habéis dado si os dijera que estoy algo escandalizado por la vida
que lleváis?
DON JUAN. Pero ¿qué dices? ¿Qué vida llevo yo?
SGANARELLE. Buenísima. Pero, por ejemplo, viéndoos como os casáis
todos los meses...
DON JUAN. ¿Y hay algo más agradable que eso?
SGANARELLE. Cierto, entiendo que es muy agradable y muy divertido, y a mí
me parecería perfecto, si no hubiera daño; pero, Señor,
burlarse así de un misterio sagrado, y...
DON JUAN. Bueno, bueno; eso es un asunto entre el Cielo y yo, y lo resolveremos
juntos perfectamente sin que tengas que preocuparte.
SGANARELLE. A fe mía, Señor, siempre he oído decir que
es mala burla burlarse del Cielo, y que los libertinos no acaban nunca bien.
DON JUAN. ¡Pero, bueno...! ¿Qué es eso, rey de los tontos?
Sabes muy bien que te tengo dicho que no me gusta que me vengan con sermones.
SGANARELLE. No me refiero a vos, Dios me guarde. Vos sabéis bien lo
que hacéis y si no creéis en nada, tenéis vuestras razones;
pero en este mundo hay impertinentes de tres al cuarto que son libertinos
sin saber por qué, que se hacen pasar por espíritus elevados
porque creen que les sienta bien. Si yo tuviera un dueño de esos, le
diría muy claramente mirándolo de frente: "¿Cómo
os atrevéis a burlaros del Cielo?, ¿cómo no tembláis
al burlaros de las cosas más santas? ¿Cómo os atrevéis,
gusano, enano (le hablo al amo que he dicho), cómo os atrevéis
a hacer chanza de lo que todos los hombres reverencian? ¿Pensáis
que por ser una persona de calidad, por tener una peluca rubia y bien rizada,
plumas en el sombrero, una casaca dorada y lazos color fuego (no os estoy
hablando a vos, sino al otro), pensáis, digo, que sois más listo
que nadie, que todo os está permitido, y que nadie se va a atrever
a deciros las verdades? Dejadme que os diga, yo que soy vuestro criado, que
el Cielo castiga tarde o temprano a los impíos y que una mala vida
lleva a una mala muerte, y que..."
DON JUAN. ¡Basta ya!
SGANARELLE. ¿Qué ocurre?
DON JUAN. Ocurre que quiero decirte que una bella dama ha cautivado mi corazón
y que arrastrado por sus encantos la he seguido hasta esta ciudad.
SGANARELLE. ¿Y no teméis, Señor, las consecuencias de
la muerte de ese Comendador que matasteis hace seis meses?
DON JUAN. ¿Y por qué habría de temer algo? ¿No
lo maté bien?
SGANARELLE. Ya lo creo, lo mejor que se puede pedir, y haría mal en
quejarse.
DON JUAN. Además, he sido absuelto en ese caso.
SGANARELLE. Sí, pero esa absolución no creo que apague el resentimiento
de familiares y amigos, y...
DON JUAN. Ya está bien; no pensemos en el mal que pueda ocurrirnos
y pensemos únicamente en lo que nos pueda producir placer. La persona
de la que te hablo es una joven prometida, la más atractiva de este
mundo, que ha sido conducida aquí por aquel mismo con el que va a desposarse;
y el azar me hizo encontrarme con esa pareja de enamorados tres o cuatro días
antes de su viaje. Jamás he visto a dos personas más satisfechas
una de la otra, que expresen mejor el estallido del amor. La visible ternura
de sus mutuas pasiones me produjo emoción; me llegó profundamente
al corazón y mi amor empezó por los celos. Sí, desde
el primer momento, no pude soportar verlos tan bien juntos; el despecho alertó
a mis deseos, y enseguida me imaginé gozando del placer extremo de
poder turbar ese entendimiento mutuo, de poder quebrar esa atracción,
por los que la delicadeza de mi corazón se sentía ofendida;
pero hasta hoy todos mis esfuerzos han sido inútiles, y voy a recurrir
al remedio extremo. Este futuro esposo quiere deleitar hoy a su prometida
con un paseo por el mar. Sin haberte advertido, todo está dispuesto
para satisfacer mi amor, y tengo prestos una barca y unos hombres, con los
que muy fácilmente pretendo raptar a la dama.
SGANARELLE. ¡Ay, Señor...!
DON JUAN. ¿Qué?
SGANARELLE. Ese es vuestro estilo, y así es la cosa para vos. Nada
mejor hay en este mundo que hacer lo que a uno le agrada.
DON JUAN. Prepárate, pues, a venir conmigo y ocúpate personalmente
de disponer todas mis armas, no vaya a ser que... ¡Pero, ¿qué
es esto?! ¡Qué molesto encuentro! Traidor, no me habías
dicho que ella misma estaba aquí.
SGANARELLE. Pero, Señor, no me lo habéis preguntado.
DON JUAN. ¿Está loca, presentándose aquí sin cambiarse
de ropa, con su atuendo de viaje?
Escena 3ª.
DOÑA ELVIRA, DON JUAN, SGANARELLE
DOÑA ELVIRA. ¿Me concederéis la gracia, Don Juan, de
querer reconocerme? ¿Puedo esperar al menos, que os dignéis
volver el rostro de este lado?
DON JUAN. Señora, os aseguro que me habéis sorprendido y que
no os esperaba aquí.
DOÑA ELVIRA. Sí, ya veo que no me esperabais; y que estáis
sorprendido, ciertamente, muy de otro modo al que yo esperaba; y la manera
en que os mostráis me persuade plenamente de lo que yo me negaba a
creer. Me admiran la simpleza y la debilidad de mi corazón que ponen
en duda una traición que tantas pruebas me confirmaban. He sido demasiado
buena, lo confieso, o mejor aún demasiado necia queriendo engañarme
a mí misma, desmintiendo lo que mis ojos veían, lo que entendía
mi juicio. He buscado razones en mi ternura para justificar la mengua de afecto
que estaba viendo en vos; y me he forjado cien excusas legítimas de
una partida tan precipitada, para justificaros del crimen del que mi razón
os acusaba. Ya podían hablarme cada día mis justas sospechas...:
yo rechazaba las voces que os hacían criminal ante mis ojos y escuchaba
con gusto mil quimeras ridículas que os mostraban inocente a mi corazón.
Pero en fin, lo que estoy contemplando ya no me permite dudar, y la mirada
que me ha recibido me hace saber mucho más de lo que quisiera. Sin
embargo, estoy dispuesta a oír de vuestra boca las razones de vuestra
partida. ¡Hablad, Don Juan, os lo ruego, y veamos cómo os podéis
justificar!
DON JUAN. Señora, aquí tenéis a Sganarelle; él
sabe por qué me fui.
SGANARELLE. (aparte, a Don Juan) ¿Yo? ¡Señor, yo no sé
nada! ¡Por favor!
DOÑA ELVIRA. ¡Bien! Sganarelle, hablad. No importa de qué
boca salgan la razones.
DON JUAN. (haciendo señas a Sganarelle de que se acerque) ¡Vamos,
háblale a la Señora!
SGANARELLE. (aparte, a Don Juan) Pero ¿qué queréis que
diga?
DOÑA ELVIRA. Acercaos, pues así lo quiere, y decidme pues las
causas de una partida tan repentina.
DON JUAN. ¿No vas a responder?
SGANARELLE (aparte, a Don Juan) No tengo nada que responder. ¿Os burláis
de vuestro servidor?
DON JUAN. ¿Quieres responder, te digo?
SGANARELLE. Señora, ...
DOÑA ELVIRA. ¿Sí?
SGANARELLE. (volviéndose hacia su dueño) ¡Señor,
...!
DON JUAN. (amenazándole) Si ...
SGANARELLE. Señora, los conquistadores, Alejandro Magno y los otros
mundos son causas de nuestra partida. Ya está, Señor, eso es
todo lo que puedo decir.
DOÑA ELVIRA. ¿Os complacería, Don Juan, esclarecernos
esos bonitos misterios?
DON JUAN. A decir verdad, Señora ...
DOÑA ELVIRA. ¡Ah, qué mal sabéis defenderos para
ser un hombre de la corte y que debe estar acostumbrado a este tipo de cosas!
Me da pena viendo la confusión que tenéis. ¿No sois capaz
de afrontar con nobleza esta mentira? ¿No sois capaz de jurarme que
seguís con los mismos sentimientos hacia mí, que me seguís
amando con una pasión sin igual, y que nada podrá separaros
de mí si no es la muerte? ¿No sois capaz de decirme que unos
importantes asuntos de última hora os han obligado a partir sin poderme
dar aviso; que, a vuestro pesar, es preciso que permanezcáis aquí
durante algún tiempo, y que no tengo más que volverme por donde
he venido, con la certeza de que seguiréis mis pasos tan pronto como
os sea posible; que me aseguráis que ardéis en deseos de reuniros
conmigo y que, alejado de mí, sufrís lo que sufre un cuerpo
separado de su alma? Ya veis, así es como hay que defenderse, y no
enmudecido como lo estáis.
DON JUAN. Os aseguro, Señora, que no tengo ningún talento para
disimular, y que mi corazón es sincero. De ninguna manera os diré
que sigo con los mismos sentimientos ni que ardo en deseos de reunirme con
vos, puesto que en definitiva está claro que me fui huyendo de vos;
no por las razones que podéis imaginar, sino por un puro motivo de
conciencia, y por no creer que pudiera vivir con vos por más tiempo
sin pecado. He tenido escrúpulos, Señora, y he abierto los ojos
del alma ante lo que estaba haciendo. He reflexionado sobre el hecho de que,
para desposaros, os he tenido que robar de la clausura de un convento, que
habéis roto votos que os comprometían y que el Cielo es muy
celoso de estas cosas. Me llegó el arrepentimiento y he sentido temor
por la ira divina; he creído que nuestro matrimonio no era más
que un adulterio disfrazado que nos atraería alguna desgracia del Altísimo
y que en conclusión debía intentar olvidaros y daros los medios
para regresar a vuestras primeras ataduras. ¿Quisierais, Señora,
oponeros a un pensamiento tan santo, y que, reteniéndoos, fuera a ponerme
el Cielo en contra, y que ...
DOÑA ELVIRA.¡Ah, criminal! Ahora te conozco del todo! Y para
mi desgracia te vengo a conocer cuando ya es tarde y cuando semejante conocimiento
sólo puede servirme para desesperarme. Pero debes saber que tu crimen
no quedará impune y que el mismo Cielo del que te burlas sabrá
vengarme de tu perfidia.
DON JUAN. ¡Sganarelle, el Cielo!
SGANARELLE. Verdaderamente, sí, de eso nos burlamos nosotros.
DON JUAN. Señora, ...
DOÑA ELVIRA. Basta. No quiero escuchar más, e incluso me culpo
por haber escuchado demasiado. Es una bajeza que además vengan a explicarte
tu vergüenza, y en tales asuntos un corazón noble debe tomar partido
a la primera palabra. No esperemos a que estalle aquí en reproches
y en injurias; no, no, mi cólera no queda en palabras vanas; toda su
fuerza se reserva para la venganza. Te lo digo una vez más, el Cielo
te castigará del ultraje que me haces, pérfido; y si el Cielo
no tiene para ti nada que te haga temer, teme al menos la cólera de
una mujer ofendida. (Sale)
SGANARELLE. (aparte) ¡Si al menos tuviera remordimientos!
DON JUAN. (tras una pequeña reflexión) Pensemos ahora en la
ejecución de nuestra empresa amorosa. (Sale)
SGANARELLE. (solo). ¡Ah, que abominable dueño me veo obligado
a servir!
Escena 1ª
CARLOTA, PEDROTE
CARLOTA. ¡Virgen Santa, Pedrote, menos mal que estabas tú allí!
PEDROTE. ¡Hostili! Ha fartao el grosor d'una abuja pa' que se ahoguen
los dos.
CARLOTA. ¿Así que fue el ventarrón d'esta mañana
el que los volcó en el mar?
PEDROTE. Ven p'acá, Carlota, voy a contarte de punta a rabo lo qu'ha
pasao; porque, como dice el otro: yo los vide primero de tós, primero
de tós yo los vide. Esto es qu'estabamos en la playa yo y el gordo
Lucas, y estábamos riyéndonos y tirándonos terrones a
la cabeza; porque ya sabes tú que al gordo Lucas le gusta riderse,
y a mi también me gusta redirme y tó. Pos allí estábamos
con las risas y tirándonos terrones, cuando vide allá en la
punta el pijo una cosa que se removía en el agua, y que se venía
pa' nosotros como en remeneos. Yo veía la cosa mu' claramente y aluego
ya no veía na'. "Eh, Lucas, hago yo: me paice que hay dos hombres
nadando allí". "A ver, a ver, hace él, ¿es
que estás borracho, que tienes la vista turbia?". "Hostili,
capú!, hago yo, que tengo la vista mu' clarita: son dos hombres".
"D'eso na', hace él, tú 'stás deslumbrao" "¿Cuánto
apuestas que no estoy deslumbrao y que son dos hombres", hago yo. "Mecagüen,
hace él, ¿cuánto apuestas a que no? Y yo, que no estaba
ni loco, ni tonto, voy y saco cuatro monedas y cinco céntimos, hostili,
más deprisa que me trago un vaso 'e vino, porque yo estaba seguro y
aposté con todo: Yo sabía lo que hacía. Tonto hubiera
sido. Y mira tú que, en cuanti que pusimos la apuesta que vimos a los
dos hombres allí mismitico, que nos hacían señas de que
los ayudáramos. Y yo, primero que na', recojo la apuesta y hago: ¡Chacho,
Lucas, ya estás viendo. Nos llaman: vamos a echarles una mano."
"No, mecagüen la, hace él, que m'han hecho perder".
Y tal y cual... así es que al final, pa' no hacértelo largo,
tanto lo sermonié que nos metimos los dos en una barca y tanto le dimos
p'acá y p'allá que los saquemos del agua y aluego los llevemos
a la casa 'e nosotros, mu' cerquitica del fuego, y aluego se quitaron toa
la ropa y se quedaron esnuos pa' secarse, y aluego que llegan dos más
de la banda que se habían salvao solos, y aluego que llega Maturina
y que le hacen cucamonas y ojos de borrego degollao. Y ya está. Así
mismico; eso es lo que pasó, Carlota.
CARLOTA. Cucha, Pedrote ¿Y no me habías dicho que hay uno que
más buen mozo que los otros?
PEDROTE. Sí, es el amo. Y tié que ser un pez gordo, un Señor
de la Corte, porque sus ropas tenían oro de arriba abajo; y los que
le servían también eran Señores de la Corte; pero, mira
tú que por muy pez gordo que sea, por éstas que s'afuera ahogao
si no llegamos a estar yo allí.
CARLOTA. Até que presumido. Mialo tú ahí...
PEDROTE. ¿Qué? Por San Pedro bendito que si no es por nosotros
ahora estaría más hinchao que unos michirones a remojo.
CARLOTA. Cucha, Pedrote. ¿Y entoavía está en tu casa
esnuo del to'?
PEDROTE. ¡No! Lo vistieron delante nuestro. Copón, nunca había
visto semejante cosa. ¡Qué historias y que complicaciones se
gastan esos Señores de la Corte! Yo, pa mi que me perdería ahí
dientro; y estaba más embobao, viendo to eso... Atiende, Carlota; tienen
pelos que no nace de la caeza, que se los ponen cuando terminan de vestirse
como un gorro. Y tienen camisas con unas mangas donde entraríamos bailando
tú y yo. Y en vez de calzas, llevan una especie de delantal más
ancho que yo qué sé; en vez de jubón, unas camisitas
que no les llegan ni al estógamo; y en vez de golilla, llevan un pañuelo
de cuello grande con encajes y cuatro borlas que les cuelgan por la pechera;
llevan como unas golillas en las muñecas y to', y en las piernas, unos
embudos de pasamanería, y por todas partes, lazos, tantos lazos, que
es cosa de ver; hasta en los zapatos están llenos de lazos, de la cabeza
a los pies, to' lleno. Llevan tantos que yo me rompería la crisma...
CARLOTA. Por la Virgen Santa, Pedrote; yo tengo que ir a ver eso.
PEDROTE. Sí, claro, pero escucha un poco antes, Carlota. Tengo otra
miaja que decirte, yo.
CARLOTA. ¡Pos, bueno! ¿Qué es lo que tienes que decirme?
PEDROTE. Cucha, Carlota. Es preciso, como decía el otro, que relaje
mi corazón. Yo te quiero, ya lo sabes, y estamos a punto de casarnos
los dos, juntos; pero, por el Santísimo Cristo, no estoy nada satisfecho
de ti.
CARLOTA. ¿Pero qué dices? A ver, a ver, qué es lo que
pasa?
PEDROTE. Pasa que me pones triste. Eso pasa.
CARLOTA. ¿Y eso como es?
PEDROTE. Hostili, tú ya no me quieres.
CARLOTA. ¡Ajá! ¿Y no es más que eso?
PEDROTE. ¡Sí; sólo eso, y ya es mucho!
CARLOTA. Dios mío, Pedrote, siempre me estás diciendo lo mismo.
PEDROTE. Te digo siempre lo mismo, porque es siempre lo mismo; pero si no
fuera siempre lo mismo, no te diría siempre lo mismo.
CARLOTA. ¿Pero, que te falta? ¿Qué quieres de mí?
PEDROTE. ¡Por los clavos de Cristo! ¡Quiero que me quieras!
CARLOTA. ¿Y es que no te quiero?
PEDROTE. No; no me quieres; y yo hago todo lo que puedo: te merco, sin quejarme,
cintas y lazos a todos los buhoneros que pasan; me rompo la crisma pa' cazar
nidos de mirlos pa' ti; hago que toque pa' ti la zanfoña cuando vienen
las fiestas. Y to' eso, como si me rompiera la caeza contra la pared. No está
bonito ni es justo no querer a la gente que te quiere.
CARLOTA. Pero, Dios mío, si yo también te quiero, Pedrote.
PEDROTE. Pos vaya manera de quererme.
CARLOTA. ¿Y cómo quieres que lo haga?
PEDROTE. Quiero que lo hagas como se hace cuando se quiere de verdad.
CARLOTA. ¿Y tampoco te quiero como cuando se quiere de verdad?
PEDROTE. No. Cuando es, es y se ve, y hacemos mil pequeñas tonterías
a las personas cuando se las quiere con el mejor corazón. Mira Tomasa,
la gorda, como está atontá con el joven Robín: está
siempre encima d'el y no lo deja ni a sol ni a sombra; siempre le está
haciendo travesuras o le pega alguna colleja al pasar. El otro día
que él estaba sentado en una banqueta lo tiró al suelo y le
hizo morder la tierra. Ahí es dónde se ve que la gente se quiere.
Pero, tú no me dices ni mu, estás siempre ahí como un
pasmarote, y ya puedo pasar veinte veces por delante de ti, que no te molestarás
para soltarme un mamporro, ni para decirme por ahí te mueras.
CARLOTA. ¿Y que quieres que le haga? Es mi carapter, y no me puedo
volver del revés.
PEDROTE. No hay carapter que valga. Cuando se tiene inclinación por
alguien, siempre se escapa alguna pequeña colleja.
CARLOTA. Pos ya'stá, yo te quiero todo lo que puedo, y si no estás
contento, ya sabes lo que tienes que hacer: te vas a buscar a otra.
PEDROTE. Ya hemos llegao ande íbamos... Por el Cristo del Calvario,
¿si m'amaras, me dirías eso?
CARLOTA. ¿Por qué vienes a marearme y a sacarme de quicio?
PEDROTE. Pero, ¿qué te estoy haciendo yo? Sólo te estoy
pidiendo que me quieras un poco.
CARLOTA. Pos, déjame como soy y no me metas tantas prisas. Ya llegará
un día, así, de golpe,sin pensarlo.
PEDROTE. Así me gusta. Chócala, Carlota.
CARLOTA. Ahí va, toma.
PEDROTE. Prométeme que tratarás de quererme más.
CARLOTA. Haré todo lo que pueda, pero la cosa tié que venir
de por sí. ¿Chacho, chacho, ese que viene es el Señor
ese de la Corte?
PEDROTE. Sí, el mismo.
CARLOTA. ¡Ay, Dios mío, qué fino es...! ¡Qué
pena hubiera sido que se ahogara...!
PEDROTE. Ahora vuelvo. Voy a beberme un cuartillo, para reponerme aunque sea
un poco del cansancio.
Escena 2ª
DON JUAN. SGANARELLE.
CARLOTA (al fondo del escenario).
DON JUAN. Hemos fallado el golpe, Sganarelle, y esa borrasca imprevista se
ha llevado con nuestra barca el proyecto en ciernes; pero, a decir verdad,
la campesina que acabamos de dejar repara esa desgracia y he hallado en ella
encantos que borran de mi alma toda la tristeza que me daba el desdichado
final de nuestra empresa. Ese corazón no se me puede escapar y ya he
dispuesto lo necesario para no seguir suspirando mucho tiempo.
SGANARELLE. Señor, confieso que me extrañáis. A duras
penas hemos escapado de un peligro de muerte, y, en vez de dar gracias al
Cielo por su divina piedad, ya estáis de nuevo trabajando para atraer
su cólera con vuestras fantasías y vuestros amores crim... (Don
Juan adopta aspecto amenazador) ¡Haya Paz! Eres un bellaco y no sabes
lo que dices; tu Señor sí sabe lo que hace. Y se acabó.
DON JUAN ( descubriendo la presencia de Carlota). ¡Vaya, vaya! ¿De
dónde sale esta otra campesina, Sganarelle? ¿Has visto nada
tan lindo? ¿Y no te parece que ésta vale por la otra? Dilo.
SGANARELLE. Con toda seguridad. (A parte) Otra pieza nueva.
DON JUAN (a Carlota). ¿De dónde merezco, bella doncella, un
encuentro tan agradable? ¿Cómo es posible? ¿En estos
lugares campestres, entre esos árboles y esas rocas, puede uno encontrar
personas de una hechura tal que la vuestra?
CARLOTA. Pos ya ve usté, Señor.
DON JUAN. ¿Sois de esta aldea?
CARLOTA. Sí, Señor.
DON JUAN. ¿Y vivís aquí?
CARLOTA. Sí, Señor.
DON JUAN. ¿Y os llamáis?
CARLOTA. Carlota, para servir a Dios y a usté.
DON JUAN. ¡Ah, qué belleza, y qué penetrantes son vuestros
ojos!
CARLOTA. Señor, no me diga esas cosas que me da mucha vergüenza.
DON JUAN. ¡Ah! No tengáis vergüenza de oír que se
os dice la verdad. ¿Qué dices tú, Sganarelle? ¿Puede
alguien tener visión más agradable? A ver, por favor, girad
un poco? ¡Ah, qué talle tan fino! A ver, hacedme la merced, levantad
un poco la cabeza. ¡Ah, qué rostro tan lindo! Abrid vuestros
ojos totalmente. ¡Ah, qué bellos son! Os lo ruego, mostradme
un poco vuestros dientes. ¡Ah, qué amorosos, y esos labios qué
apetitosos! Me habéis cautivado, y jamás he visto persona tan
encantadora.
CARLOTA. Señor, eso se lo diréis a todas. No sé si os
estáis burlando de mí.
DON JUAN. ¿Yo, burlarme de vos? ¡Dios me guarde! Os amo demasiado
para hacer una cosa así, y os estoy hablando desde el fondo de mi corazón.
CARLOTA. Os estoy muy reconocida, si es lo que es.
DON JUAN. En absoluto; no me estéis reconocida de todo lo que he dicho;
no es sino de vuestra belleza de quien sois deudora.
CARLOTA. Señor, to' eso está demasiao bien dicho pa' mi, y yo
no tengo palabras pa' responderos.
DON JUAN. Sganarelle, mira sus manos.
CARLOTA. ¡Por Dios! Señor, están negras como yo qué
sé qué.
DON JUAN. ¡Ah! ¿Pero, qué decís? Son las más
bellas del mundo; sufrid que os las bese, os lo ruego.
CARLOTA. Señor, es demasiao honor el que me haceis, y, si lo afuera
sabido antes, no afuera fartao de lavármelas con salvao.
DON JUAN. Y decidme, bella Carlota, ¿sin duda, no estáis casada,
verdad?
CARLOTA. No, Señor; pero pronto estaré casada con Pedrote, el
hijo de mi vecina Simoneta.
DON JUAN. ¿Cómo? ¿Una persona como vos sería la
esposa un simple aldeano? No y no; eso sería profanar tanta belleza,
y vos no habéis nacido para permanecer en una aldea. Merecéis
sin duda una mejor fortuna, y el Cielo, que lo sabe todo me ha traído
hasta aquí para impedir ese casamiento, y hacer justicia a vuestros
encantos; pues, en fin, querida Carlota, os amo con todo m i corazón,
y sólo depende de vos que os arranque de este miserable lugar, y os
ponga en el estado que merecéis. Este amor es sin duda precipitado,
pero ¿y qué? Es el efecto, Carlota, de vuestra gran belleza,
y se os puede amar tanto en un cuarto de hora que a otra en seis meses.
CARLOTA. Verdaderamente, Señor, no sé qué hacer cuando
habláis. Todo lo que decís me contenta, y me gustaría
mucho creer a vuesa merced; pero siempre me dijeron que no hay que creer a
los Señores, y que los cortesanos no hacéis más que engatusar
y engañar a las muchachas.
DON JUAN. Yo no soy de esos.
SGANARELLE (aparte). No tiene arreglo.
CARLOTA. Mire usted, Señor, no hay gusto en dejarse engañar.
Yo soy una pobre aldeana; pero pa' mi el honor es lo primero, y antes quiero
estar muerta que deshonrada.
DON JUAN. ¿Pero me veis el alma tan mezquina como para abusar de una
persona como vos? ¿Yo sería tan cobarde como para deshonraros?
No, no, tengo demasiado conciencia para ello. Yo os amo, Carlota, para el
bien y con honor; y para mostraros que digo la verdad, os hago saber que no
tengo otro designio que el de casarme con vos; ¿queréis mayor
testimonio? Aquí estoy, dispuesto para cuando lo deseéis; y
tomo como testigo de la palabra que os doy a este hombre.
SGANARELLE. No, no temáis nada, se casará con vos todo lo que
queráis.
DON JUAN. ¡Ah, Carlota, bien veo que aún no me conocéis!
Os equivocáis al juzgarme por los otros; y, si hay pillos en el mundo,
gente que sólo busca engañar a las muchachas, debéis
sacarme de esa lista, y no poner en duda la sinceridad de mi palabra. Además,
vuestra belleza es un seguro. Cuando se está hecha como vos, se debe
estar a cubierto de todo temor; en nada tenéis el aspecto de alguien
a quien se pueda engañar, y, en cuanto a mí, os lo aseguro,
me atravesaría el corazón mil veces antes de tener el menor
pensamiento traicionero.
CARLOTA. ¡Dios mío! No sé si decís la verdad o
no; pero hacéis que se os crea.
DON JUAN. Creyéndome, me haréis justicia, con toda certeza.
Y os reitero la promesa que acabo de haceros. ¿No la aceptáis?
¿No consentís en ser mi esposa?
CARLOTA. Sí, siempre que mi tía lo consienta.
DON JUAN. Dadme la mano, Carlota, puesto que vos lo queréis.
CARLOTA. Por lo menos, Señor, no m'engañéis, por tos
los Santos; eso caería en vuestra conciencia. Ya veis como voy de buena
fe.
DON JUAN. ¿Cómo? Todavía dudáis de mi sinceridad.
¿Queréis que os haga terribles juramentos? Que el Cielo...
CARLOTA. ¡Por Dios, no juréis; os creo!
DON JUAN. Dadme al menos un beso en prueba de vuestra palabra.
CARLOTA. ¡Oh, Señor, esperad a que estemos casados, por favor;
después os besaré todo lo que queráis.
DON JUAN. ¡De acuerdo, bella Carlota, quiero todo lo que vos queréis;
pero abandonadme al menos vuestra mano, y sufrid que con mil besos os exprese
el estado de arrebato en que me encuentro...
Escena 3ª
DON JUAN. SGANARELLE. CARLOTA. PEDROTE.
PEDROTE (poniéndose entre los dos y empujando a Don Juan). A poco
a poco, Señor, quieto parao, por favor. Os estáis acalorando
muncho y os puede dar la pleuresía.
DON JUAN (rechazando rudamente a Pedrote). Pero ¿quién me trae
a este impertinente?
PEDROTE (volviendo entre Don Juan y Carlota). Os digo que os detenéis
y que no acariciáis más a nuestras apalabrás.
DON JUAN ( sigue empujándolo). ¡Ah, cuánto ruido!
PEDROTE. ¡Me cagüen la...! Así no se empuja a la gente.
CARLOTA (cogiendo a Pedrote del brazo). ¡Pero Pedrote, déjalo!
PEDROTE. ¿Pero, qué dices? ¿Qué lo deje? No me
da la gana.
DON JUAN. ¡Ah!
PEDROTE. ¡Hostili! ¿Porque sois un Señor de la Corte,
vais a venir a hacerle caricias a nuestras mujeres delante de nuestras barbas?
¡Le hacéis caricias a las vuestras!
DON JUAN. ¿Cómo?
PIERROT. ¿Cómo? (Don Juan le da una bofetada). ¡Hostili!
a mi no me pegue. (Otra bofetada) ¡Ay! ¡Capú! (Otra bofetada)
¡Pos leche! (Otra bofetada) ¡Puñeta, joer, no está
bien eso de pegar a la gente, y no es esa la recompensa por haberos salvao
de morir ahogao...!
CARLOTA. Pedrote, no te enfades.
PEDROTE. Quiero enfadarme; y tú eres una mala mujer, por dejar que
te magreen.
CARLOTA. ¡Oh, Pedrote! No es lo que piensas. Este Señor quiere
casarse conmigo, y tú no debes enfadarte por eso.
PEDROTE. ¿Qué dices? Me cagüen; tú eres mi prometida.
CARLOTA. Eso no importa, Pedrote. Si me quieres, ¿no debes sentirte
bien de que yo sea una Señora?
PEDROTE. Pos claro que no. Antes prefiero verte reventá que de otro.
CARLOTA. ¡Venga, hombre, venga! No sufras que si llego a Señora,
algo te voy a hacer ganar, y traerás mantequilla y queso a nuestra
casa.
PEDROTE. ¡Leche, coño, puñeta, joer! No te llevaré
na', así me la pagaras doble. ¿O sea: que lo escuchas? ¡Copón!
Si lo hubiera sabido antes, pos si que lo afuera yo sacao del agua; un buen
golpe 'e remo si que le afuera yo pegao en la caeza...
DON JUAN (Acercándose a Pedrote para pegarle) ¿Qué decís?
PEDROTE (escondiéndose detrás de Carlota) ¡Chacho! ¡Yo
no le tengo miedo a nadie!
DON JUAN (yendo hacia Pedrote) ¡Esperad y vereis!
PEDROTE (pasando al otro lado de Carlota). ¡Ay, que me da la risa!
DON JUAN (persiguiéndolo). Pues, vamos a verla.
PEDROTE (Escondiéndose) Otros l'han visto enantes.
DON JUAN. ¡Vamos!
SGANARELLE. ¡Señor, dejad ya a este pobre diablo. Sería
un caso de conciencia pegarle. (A Pedrote, poniéndose entre él
y Don Juan) Escucha, amigo, retírate, y no le digas nada más.
PEDROTE (esquivando a Sganarelle, dice con orgullo a Don Juan). ¡Me
da la gana decirle, a mí!
DON JUAN. Yo os voy a enseñar modales (intenta dar una bofetada a Pedrote,
que se agacha, y es Sganarelle quien la recibe).
SGANARELLE (mirando a Pedrote). ¡ Mala peste te lleve!
DON JUAN (a Sganarelle). Ahí tienes la paga por tu caridad.
PEDROTE. ¡Hostili! Me voy a contárselo to' a su tía.
DON JUAN (a Carlota). Por fin voy a ser el más feliz de los hombres,
y no cambiaría mi dicha por todas las cosas de este mundo. ¡Qué
placeres cuando seáis mi esposa! Y cuánto...
Escena 4ª
DON JUAN. SGANARELLE. CARLOTA. MATURINA.
SGANARELLE (viendo entrar a Maturina). ¡Ah! ¡Oh! ¡Che!
¡Hola!
MATURINA (a Don Juan). Pero, Señor ¿qué hacéis
ahí con Carlota? ¿Le estáis hablando de amor a ella también?
DON JUAN (aparte a Maturina). No, todo lo contrario; es ella, que me testimonia
su deseo de ser mi esposa, pero yo le estaba diciendo que estaba comprometido
con vos.
CARLOTA (a Don Juan) Pero ¿qué es lo quiere de vos la Maturina?
DON JUAN (aparte a Carlota). Está celosa viendo que os hablo y querría
que la desposase; pero yo le digo que a quien quiero es a vos.
MATURINA. ¿Y tú qué, Carlota?
DON JUAN (aparte a Maturina). Todo lo que le digáis será inútil;
se ha metido esa idea en la cabeza...
CARLOTA. ¿Qué de qué? Mira, Maturina...
DON JUAN (aparte a Carlota). Es en vano que le habléis; no le quitaréis
esa fantasía de la cabeza.
MATURINA. ¿Mira, qué?
DON JUAN (aparte a Maturina). No hay manera de hacerla entrar en razón.
CARLOTA. ¡Pos ahora mismo...!
DON JUAN (aparte a Carlota). Es obstinada como todos los diablos.
MATURINA. ¡Pos mira que yo...!
DON JUAN (aparte a Maturina). No le digáis nada; está loca.
CARLOTA. Pero es que yo...
DON JUAN (aparte a Carlota). Dejadla, es una extravagante.
MATURINA. No, no; tengo que hablar con ella.
CARLOTA. ¡Venga! ¡A ver qué tienes que 'icirme!
MATURINA. ¡Que me digas...!
DON JUAN (aparte a Maturina). Apuesto a que os dirá que le he prometido
matrimonio.
CARLOTA. Pos yo...
DON JUAN (aparte a Carlota). Apostemos que va a decir que le he dado palabra
de desposarla.
MATURINA. ¡Oye, tú, Carlota, no está bien eso de ir detrás
del mercao de otra.
CARLOTA. Pos a mi no me paice bien que estés celosa de que el Señor
me hable.
MATURINA. ¡Pos a mí me vio primero!
CARLOTA. Si a ti t'ha visto primero, a mí m'ha visto endispués,
y a mí m'ha prometío matrimonio.
DON JUAN (aparte a Maturina) ¿Veis? ¿Qué os había
dicho?
MATURINA. Vete a la... Fue a mí y no a ti a quien prometió matrimonio.
DON JUAN (aparte a Carlota) ¿No lo había adivinado yo?
CARLOTA. ¡Eso, a otra, por favor! Fue a mí, te digo.
MATURINA. Te estás burlando de nosotros; fue a mí, te repito.
CARLOTA. ¡Mialá, y lo sigue diciendo...! Yo tengo la razón.
MATURINA. ¡Mialó, y me dará la razón. Yo digo la
verdad.
CARLOTA. ¡A ver, a ver! Señor, ¿es verdad que le habéis
dado palabra de ser su marido?
DON JUAN (aparte a Carlota) ¡Os burláis de mí!
MATURINA. Señor, ¿es verdad que le habéis dado palabra
de ser su marido?
DON JUAN (aparte a Maturina) ¿Pero, podéis creer semejante cosa?
CARLOTA. Pero ella sigue en sus trece.
DON JUAN (aparte a Carlota). Que siga.
MATURINA. Pero ella lo sigue diciendo.
DON JUAN (aparte a Maturina) Que diga.
CARLOTA. No y no; hay que saber la verdad.
MATURINA. Como si vamos a juicio...
CARLOTA. Sí, Maturina, yo quiero que el Señor te demuestre lo
pava que eres.
MATURINA. Sí, Carlota, yo quiero que el Señor te demuestre que
no tienes dos dedos de frente.
CARLOTA. Señor, por favor, aclarad la custión.
MATURINA. Decid el acuerdo, Señor.
CARLOTA (a Maturina). Ahora vas tú a ver.
MATURINA (a Carlota). Ahora vas a ver tú.
CARLOTA (a Don Juan). Dígalo ahí.
MATURINA (a Don Juan). Hable ya.
DON JUAN (incómodo, a las dos) ¿Qué quieren que diga?
Las dos mantenéis por igual que os he prometido tomaros por esposa.
¿ No sabe cada una la verdad del asunto, sin que yo tenga que explicarme
más? ¿Por qué quieren que me repita sobre lo dicho? ¿Aquella
a la que le he prometido efectivamente no tiene en sí misma razones
para burlarse de los discursos de la otra, y tiene algo que temer, siempre
que yo cumpla mi promesa? Las palabras en nada hacen avanzar la cuestión;
hay que actuar y no hablar; los actos deciden más que las palabras.
Y no es más que así que quiero manifestar el acuerdo, y ya se
verá, cuando contraiga matrimonio, cuál de las dos tiene mi
corazón. (Aparte a Maturina) Dejadla que crea lo que quiera. (Aparte
a Carlota) Dejadla halagarse en su imaginación. (Aparte a Maturina)
Os adoro. (Aparte a Carlota) Soy todo vuestro. (Aparte a Maturina) Todos los
semblantes son feos cerca del vuestro. (Aparte a Carlota) No se puede sufrir
a las otras cuando se os ha visto. Perdón, tengo unas órdenes
que dar; regreso en un cuarto de hora (Sale).
CARLOTA (a Maturina). Pos ya sé que me quiere a mí.
MATURINA (a Carlota). Pos ya sé que se casará conmigo.
SGANARELLE. ¡Ay, pobres inocentes, tengo piedad por vosotras! No puedo
veros correr hacia vuestra desgracia. Creedme una y otra: no creáis
todos los cuentos que os cuentan, y quedaos en vuestra aldea.
DON JUAN (regresando). Me gustaría saber por qué Sganarelle
no me sigue.
SGANARELLE (a las muchachas) Mi amo es un pillo; sólo piensa en abusar
de vosotras. Ya ha abusado de otras muchas; es el desposador del género
humano, y... (Se da cuenta de la presencia de Don Juan) Esto es falso; y a
cualquiera que os diga esto, debéis decirle que ha mentido. Mi amo
no es en absoluto el desposador del género humano, no es nada pillo,
no piensa en abusar de vosotras, y no ha abusado de otras. ¡Ah, mirad,
aquí está; preguntadle a él mismo!
DON JUAN (mirando a Sganarelle y sospechando que ha hablado). Sí
SGANARELLE. Señor, como el mundo está lleno de maledicientes,
yo me adelantaba a los aconteciemientos; y les decía que, si alguien
venía a decirles algo malo de vos, que se guardasen de creerle, y que
no dejasen de decirle que habría mentido.
DON JUAN. ¡Sganarelle!
SGANARELLE (a Carlota y Maturina). Sí, sí, el Señor es
un hombre de honor, yo os lo garantizo como tal.
DON JUAN. ¡A fe mía!
SGANARELLE. ¡Qué impertinentes!
Escena 5ª
DON JUAN. CARLOTA. SGANARELLE. MATURINA. LA RAMÉE.
LA RAMÉE (aparte a Don Juan). Señor, vengo para advertiros
que no corren buenos vientos para vos aquí.
DON JUAN. ¿Cómo?
LA RAMÉE. Doce hombres a caballo os buscan y están a punto de
llegar aquí; no sé por qué medio os habrán podido
seguir, pero lo he sabido por un aldeano que han interrogado y al que os han
descrito. El asunto es urgente, y lo antes que podáis salir de aquí
será lo mejor.
DON JUAN (a Carlota y Maturina). Asuntos urgentes me obligan a partir de aquí;
pero os ruego que mantengáis viva la palabra que os he dado, y que
sepáis que tendréis noticias mías antes de mañana
noche. (Carlota y Maturina se alejan) Como la partida no es igual, tenemos
que utilizar una estratagema y evitar hábilmente la desgracia que me
buscan. Quiero que Sganarelle se ponga mi ropa, y yo...
SGANARELLE. ¿Señor, os burláis de mí? ¿Queréis
exponerme morir bajo vuestra ropa...?
DON JUAN. Vamos, rápido, es mucho el honor que os hago, y dichoso el
criado que puede morir por su dueño.
SGANARELLE. Muy honrado por tal honor... (Solo) ¡Cielos, puesto que
se trata de muerte, hazme la gracia de no ser confundido con otro!
Escena 1ª
DON JUAN (en traje de viaje). SGANARELLE (vestido de médico)
SGANARELLE. ¡A fe mía, Señor; reconoced que tuve razón
y que así estamos disfrazados de maravilla. Vuestra primera intención
no era en absoluto adecuada; esto nos esconde mucho mejor que lo que vos queríais
hacer.
DON JUAN. La verdad es que te sienta bien; no sé de dónde has
ido a desempolvar ese ridículo aparejo.
SGANARELLE. Es la vestimenta de un viejo médico, que fue dejada en
prenda en el lugar donde lo encontré, y que me ha costado su dinerito
para conseguirlo. Pero, debéis saber que esta ropa me pone en consideración,
que la gente me saluda por la calle y que vienen a consultarme como a hombre
docto.
DON JUAN. ¿Cómo es eso?
SGANARELLE. Cinco o seis aldeanos y aldeanas, al verme pasar, han venido a
preguntar mi opinión sobre diferentes enfermedades.
DON JUAN. ¿Y tú les habrás dicho que no sabías
nada?
SGANARELLE. ¿Yo? Nada de eso. Yo he querido conservar el honor de mi
hábito: he razonado sobre la enfermedad, y les he recetado medicación
a cada uno.
DON JUAN. ¿Y qué medicación les has recetado, tú?
SGANARELLE. A fe mía, Señor, que he cogido el rábano
por las hojas; he recetado al azar, y sería cosa de ver si los enfermos
curasen y vinieran a darme las gracias.
DON JUAN. ¿Y por qué no? ¿Por qué razón
no tendrías tú los mismos privilegios que tienen los otros médicos?
Te aseguro que no tienen más parte que tú en la curación
de sus enfermos, y que todo su arte es pura mentira. No hacen sino recibir
la gloria de sus felices éxitos; así que tú puedes también
aprovecharte del bienestar del enfermo, y ver atribuir a tus recetas todo
lo que puede venir de los favores del azar y de las fuerzas de la naturaleza.
SGANARELLE. ¿Cómo, Señor, también sois impío
en medicina?
DON JUAN. Es uno de los mayores errores que existe entre los seres humanos.
SGANARELLE. ¿Qué? ¿No creéis en la purga de Benito,
ni en el aceite de ricino, ni en el vino emético?
DON JUAN. ¿Y por qué tendría que creer?
SGANARELLE. Tenéis el alma muy descreída vos. Sin embargo, hace
tiempo que el vino emético tiene su fama. Sus milagros han convertido
a los más incrédulos espíritus, y no hace ni tres semanas
que he visto, yo, un resultado maravilloso.
DON JUAN. ¿Cuál?
SGANARELLE. Un hombre que, desde hacía seis días, estaba agonizando;
ya no sabían qué recetarle; todos los medicamentos eran inútiles.
Al final se decidieron por darle vino emético.
DON JUAN. Y se curó, ¿verdad?
SGANARELLE. No, se murió.
DON JUAN. El efecto es admirable.
SGANARELLE. ¿Cómo? Hacía seis días con sus noches
que no podía morir y eso le hizo morirse de golpe. ¿Queréis
algo más eficaz?
DON JUAN. Tienes razón.
SGANARELLE. Pero dejemos la medicina en la que no creéis y hablemos
de otras cosas, porque este hábito me da agudeza y me siento con ánimos
para razonar con vos. Sabido es que me permitís la discusión
y que me prohibís el reproche.
DON JUAN. ¡Y bien!
SGANARELLE. Quiero saber algo de vuestros pensamientos en profundidad. ¿Es
posible que no creáis en absoluto en el Cielo?
DON JUAN. Dejemos eso.
SGANARELLE. Es decir, que no. ¿Y en el Infierno?
DON JUAN. ¡Eh!
SGANARELLE. Seguimos. ¿Y en el diablo?
DON JUAN. Sí, sí.
SGANARELLE. Tampoco. ¿No creéis en absoluto en la otra vida?
DON JUAN. ¡Ah!
SGANARELLE. Este es un hombre difícil de convertir. Decidme, al menos
¿y en el sacamantecas? ¿Tampoco creéis?
DON JUAN. ¡Que la peste te lleve!
SGANARELLE. Eso es lo que no puedo entender, porque no hay nada más
verdadero que el sacamantecas, y ahí sí que pongo yo mi mano
en el fuego. Pero, vamos a ver, hay que creer en algo: ¿en qué
creéis vos?
DON JUAN. ¿Yo? ¿Qué creo?
SGANARELLE. Sí.
DON JUAN. Yo creo que dos y dos son cuatro, Sganarelle, y que cuatro y cuatro
son ocho.
SGANARELLE. Mira tú en lo que cree. ¿Vuestra religión,
a lo que veo, es la aritmética? Hay que reconocer que entran extrañas
locuras en la cabeza de los hombres, y, que la mayoría de las veces,
por haber estudiado mucho se es mucho menos sensato. Yo, por mi parte, Señor,
no he estudiado nada, a Dios gracias, y nadie podría vanagloriarse
de haberme enseñado nada nunca.; pero, yo, con mi sentido común,
mi pequeño juicio, veo las cosas mejor que todos los libros, y comprendo
muy requetebién que este mundo que vemos no es una seta que haya aparecido
así de repente en una noche. Me gustaría preguntaros quién
ha hecho estos árboles, esas rocas, esta tierra y ese cielo que está
ahí mismo, y si todo eso se ha hecho solo. ¿No ha hecho falta
que vuestro padre engorde a vuestra madre para haceros a vos? ¿Podéis
ver todos los ingenios de los que está compuesta la maquina del hombre
sin admirar de qué manera se ha agenciado una y otra cosa? Estos nervios,
estos huesos, estas venas, estas arterias, estas..., estos pulmones, este
corazón, este hígado, y todos los otros ingredientes que están
aquí y que... ¡Oh, condenación! Interrumpidme, por favor.
No sabría discutir si no me interrumpen. Os calláis a propósito
y me dejáis hablar por pura malicia.
DON JUAN. Espero a que tu razonamiento esté terminado.
SGANARELLE. Mi razonamiento es que hay algo admirable en el hombre, digáis
lo que digáis, que todos los sabios del mundo no podrían explicar.
¿No es maravilloso que aquí estoy y que tengo algo aquí
en mi cabeza que piensa cien cosas diferentes en un momento y hace de mi cuerpo
lo que quiere? Quiero chocar mis manos, levantar los brazos, levantar los
ojos hacia el cielo, bajar la cabeza, mover los pies, ir a la derecha, a la
izquierda, hacia delante, hacia atrás, girar... (Se deja caer al girar).
DON JUAN. ¡Ahí está! Ya tenemos tu razonamiento patas
arriba.
SGANARELLE. ¡Por los clavos de Cristo! Bastante tonto soy perdiendo
el tiempo en razonar con vos. Creed lo que se os venga en gana; al final seréis
condenado.
DON JUAN. Pero, ya ves, razonando, razonando, creo que nos hemos perdido.
Llama a aquel hombre que está allí y pregúntale el camino.
SGANARELLE. ¡Hola, eh, hombre! ¡Eh, compadre! ¡Eh, amigo!
Sólo una palabra, por favor.
Escena 2ª
DON JUAN. SGANARELLE. UN POBRE.
SGANARELLE. Por favor, indíquenos el camino a la ciudad.
EL POBRE. Señores, no tienen más que seguir este camino y luego
girar a mano derecha cuando estén al final del bosque; pero les aviso
que estén vigilantes, pues desde hace algún tiempo hay ladrones
en los alrededores.
DON JUAN. Te estoy muy agradecido, amigo, y te lo agradezco de todo corazón.
EL POBRE. Señor, ¿quisierais socorrerme con una limosna?
DON JUAN. ¡Ah, ah! Tu aviso es interesado, por lo que veo.
EL POBRE. Soy un hombre pobre, Señor, retirado en la soledad de este
bosque desde hace diez años, y no dejaré de rezar para que el
Cielo os dé toda clase de bienes.
DON JUAN. ¡Eh, rézale para que te dé un vestido, y no
te preocupes de los asuntos de los demás!
SGANARELLE. No conocéis a mi Señor, buen hombre: él no
cree más que en que dos y dos son cuatro, y cuatro y cuatro son ocho.
DON JUAN. ¿Cuál es tu ocupación entre estos árboles?
EL POBRE. Rezo todo el día por la prosperidad de la gente de bien que
me da algo.
DON JUAN. Entonces, no puede ser que no estés en la mayor comodidad.
EL POBRE. ¡Ay, Señor, estoy en la mayor necesidad del mundo!
DON JUAN. ¿Te burlas de mí? A un hombre que se pasa el día
rogando al Cielo no puede faltarle de nada.
EL POBRE. Os lo aseguro, Señor; a menudo no tengo ni un mendrugo de
pan que echarme a la boca.
DON JUAN. Extraña cosa; te veo mal recompensado por tus desvelos. Mira,
ahora mismo te voy a dar un Louis de oro siempre que consientas en jurar.
EL POBRE. ¡Pero, Señor! ¿Querríais que cometiese
tal pecado?
DON JUAN. Decide si quieres ganar un Louis de oro o no: aquí tienes
el que te voy a dar, si juras. Toma; pero antes, jura.
EL POBRE. ¡Pero, Señor...!
DON JUAN. Si no es así, no lo tendrás.
SGANARELLE. Venga, hombre, jura un poco. ¿Qué daño hay
en ello?
DON JUAN. Toma, aquí lo tienes. Toma, te digo, pero jura de una vez.
EL POBRE. No, Señor, prefiero morir de hambre.
DON JUAN. Anda, hombre, anda, te lo doy por amor a la humanidad. (Observa
algo tras los árboles) Pero ¿qué es lo que veo? ¿Un
hombre atacado por otros tres? La partida es demasiado desigual, y no debo
sufrir esa cobardía.
Escena3ª
SGANARELLE. DON JUAN. DON CARLOS.
SGANARELLE. Mi amo es verdaderamente exasperante yendo a encontrar un peligro
que no lo busca; pero, a fe mía, la ayuda ha servido y los dos han
hecho huir a los tres.
DON CARLOS (espada en mano). Fácil es comprobar, viendo la huida de
esos ladrones, la eficacia de vuestro brazo. Permitid, Señor, que os
rinda homenaje por una acción tan generosa, y que..
DON JUAN (espada en mano). No he hecho nada, Señor, que no hubieseis
hecho en mi lugar. Nuestro propio honor está comprometido en semejantes
aventuras, y la acción de esos malhechores era tan cobarde, que hubiese
sido tomar partido por ellos no oponiéndome. Pero, ¿en qué
circunstancia os habéis encontrado entre sus manos?
DON CARLOS. Por azar, me había extraviado de mi hermano y de nuestro
séquito; y cuando buscaba cómo reunirme con ellos, me he tropezado
con esos ladrones, que han matado a mi caballo y que, sin vuestra valerosa
intervención, hubiesen hecho lo mismo conmigo.
DON JUAN. ¿Vuestro propósito es ir hacia la ciudad?
DON CARLOS. Sí, sin querer entrar en ella; nos vemos obligados mi hermano
y yo a vigilar este bosque por uno de esos molestos asuntos que obligan a
los gentilhombres a sacrificarse, ellos y su familia, a la severidad de su
honor, pues al fin el más dulce de los éxitos resulta siempre
funesto, y que si no dejamos la vida en ello, somos perseguidos por la ley.
Y es en ello donde encuentro desdichada la condición de gentilhombre,
pues no puede apoyarse en toda la prudencia y la honestidad de su conducta,
sino que según las leyes del honor depende de la conducta de otro,
y ve su vida, su reposo y sus bienes depender de las fantasías del
primer temerario que se atreve a hacerle una de esas injurias por las que
un hombre honrado debe morir.
DON JUAN. Tenemos la ventaja de que podemos hacer correr el mismo riesgo y
hacer pasar un mal rato a los que se tomen la fantasía de venir a hacernos
una ofensa a propósito. Pero ¿sería una indiscreción
preguntaros cuál puede ser vuestra queja?
DON CARLOS. El conflicto ha llegado al término de no hacer ya un secreto
de él, y cuando la injuria ha estallado, nuestro honor no está
en el punto de querer esconder la vergüenza sino en el de hacer estallar
la venganza, e, incluso, en el de publicar nuestro propósito. Así,
Señor, no dudaré en deciros que la ofensa que queremos vengar
es la que se ha cometido en una hermana nuestra, raptada de un convento y
seducida, y que el autor de esta ofensa es un tal Don Juan Tenorio, hijo de
Don Luis Tenorio. Lo estamos buscando hace días, lo hemos seguido esta
mañana gracias a los informes de un criado que nos ha dicho que salió
(a caballo), acompañado por cuatro o cinco y que había seguido
a lo largo de la costa; pero todos nuestros esfuerzos han sido inútiles,
y no hemos podido descubrir qué ha sido de él.
DON JUAN. ¿Y conocéis vos a ese Don Juan del que habláis,
Señor?
DON CARLOS. No, yo mismo, no. No lo he visto nunca; sólo he oído
cómo mi hermano lo describía; pero su fama no dice nada bueno,
y es un hombre cuya vida...
DON JUAN. Deteneos, Señor, si os place. Es uno de mis amigos, y sería
para mí una especie de cobardía oír hablar mal de él.
DON CARLOS. Por la obligación que os tengo, Señor, no diré
nada, y lo mínimo que os debo después de haberme salvado la
vida es callarme ante vos acerca de una persona que conocéis, cuando
no puedo hablar sin hablar mal de ella. Pero, por muy amigo suyo que seáis,
me atrevo a creer que no aprobaréis su acción y que no encontraréis
extraño que busquemos venganza.
DON JUAN. Al contrario. Quiero ayudaros y que ahorréis esfuerzos inútiles.
Yo soy amigo de Don Juan, no puedo evitarlo; pero no es razonable que ofenda
impunemente a unos gentilhombres, y me comprometo a que os restablezca la
razón.
DON CARLOS. ¿Y qué razón puede restablecer en esta clase
de injurias?
DON JUAN. Toda la que vuestro honor puede desear; y, sin que os deis más
trabajos para encontrar a Don Juan, me obligo a hacer que se presente en el
lugar que queráis y cuando os plazca.
DON CARLOS. Es una esperanza muy halagüeña, Señor, para
nuestros corazones ofendidos; pero, después de lo que os debo, sería
para mí un sensible dolor que fueseis de la partida.
DON JUAN. Estoy tan unido a Don Juan, que no sabría batirse sin que
yo me batiera también; pero, sin más rodeos, respondo por él
como por mí mismo, y no tenéis más que decir cuándo
queréis que se presente y os dé satisfacción.
DON CARLOS. ¡Qué cruel es mi destino! ¿Es posible que
os deba la vida y que Don Juan sea vuestro amigo?
Escena 4ª
DON JUAN. SGANARELLE. DON CARLOS. DON ALONSO y su séquito.
DON ALONSO (a los de su séquito). Haced que beban los caballos y luego
los traéis con nosotros; quiero caminar un trecho a pie. (Viendo a
Don Carlos y a Don Juan) ¡Cielos! ¿Qué veo? ¿Cómo,
hermano mío, estáis aquí con nuestro enemigo mortal?
DON CARLOS. ¿Nuestro enemigo mortal?
DON JUAN (retrocediendo y poniendo fieramente la mano en la empuñadura
de su espada). Sí, soy Don Juan, yo mismo, y la ventaja del número
no me obligará a disfrazar mi nombre.
DON ALONSO (espada en mano). ¡Ah, traidor! Tienes que morir...
(Sganarelle se esconde corriendo)
DON CARLOS. ¡Ah, hermano mío, deteneos. Le debo la vida; sin
la ayuda de su brazo, hubiera sido muerto por unos ladrones con los que me
he tropezado.
DON ALONSO. ¿Y queréis que esa consideración impida nuestra
venganza? Ningún servicio recibido de una mano enemiga tiene el mérito
suficiente para comprometer nuestra alma; y si medimos la obligación
con la injuria, vuestro agradecimiento, hermano mío, es aquí
ridículo. Y como el honor es infinitamente más precioso que
la vida, es como si propiamente no debiéramos nada a quien nos salvó
la vida si nos ha quitado el honor.
DON CARLOS. Conozco la diferencia que un gentilhombre debe siempre establecer
entre una y otra cosa, y mi reconocimiento no borra en absoluto en mí
el resentimiento de la injuria; pero sufrid, hermano mío, que le devuelva
aquí lo que me ha prestado, y que satisfaga la deuda que le tengo,
dándole un plazo a nuestra venganza y dejándole la libertad
de gozar, durante algunos días, del fruto de su servicio.
DON ALONSO. No, en absoluto; es arriesgar nuestra venganza si la retrasamos,
pues la ocasión de tomarla que ahora tenemos puede no volver. El Cielo
nos la ofrece aquí; hay que aprovecharla. Cuando el honor está
herido mortalmente, no podemos pensar en guardar medida alguna; y si os repugna
prestar el brazo para esta acción, no tenéis más que
retiraros y dejar a mi mano la gloria de tal sacrificio.
DON CARLOS. Os lo suplico, hermano mío...
DON ALONSO. Todos estos discursos son superfluos: debe morir.
DON CARLOS. Deteneos, os digo. No consentiré de ninguna manera que
se ataque a su vida, y juro ante el Cielo que lo defenderé aquí
contra quienquiera que sea y sabré hacerle una muralla con esta vida
que él ha salvado; así es que para llegar a él, tendréis
que atravesarme a mí.
DON ALONSO. ¿Cómo? ¿Tomáis el partido de nuestro
enemigo contra mí; y lejos de estar lleno de los mismos sentimientos
que yo, mostráis por él manifestaciones de amistad...?
DON CARLOS. Hermano mío, mostremos moderación en nuestra legítima
acción, pero no venguemos nuestro honor con el arrebato que os domina.
Seamos dueños de nuestros corazones, tengamos una valentía que
no tenga nada de salvaje, sino que se conduzca por una deliberación
de nuestra razón y no por el movimiento de una cólera ciega.
No quiero deberle nada a nuestro enemigo; estoy obligado a él y tengo
que liquidar esta deuda. Nuestra venganza, aunque sea aplazada, no será
menos sonora: al contrario, sacaremos ventaja de ello. La ocasión de
haberla podido alcanzar hará que parezca más justa a los ojos
de todos.
DON ALONSO. ¡Extraña debilidad y ceguera espantosa arriesgar
así los intereses del honor por la creencia ridícula en una
deuda quimérica!
DON CARLOS. No, hermano mío, no os atormentéis. Si cometo una
falta, sabré repararla; yo me encargo del cuidado de nuestro honor;
sé a qué nos obliga, y esta suspensión que mi agradecimiento
le pide, no hará sino aumentar el deseo ardiente de satisfacerlo. Don
Juan, ya veis que quiero devolveros lo que he recibido de vos. Juzgad por
esta prueba el resto y sabed que no seré menos exacto en pagaros la
injuria. No quiero obligaros a explicar aquí vuestros sentimientos;
os doy la libertad de pensar libremente en las resoluciones que debéis
tomar. Conocéis suficientemente la magnitud de la ofensa que nos habéis
hecho, y os hago juez de las reparaciones que demanda. Existe medios amables
para darnos satisfacción; los hay violentos y sangrientos; pero, en
fin, cualquiera que sea vuestra elección, me habéis dado palabra
de hacerle llegar mis razones a Don Juan. Pensad en ello, os lo ruego, y recordad
que después de este momento, no me debo más que a mi honor.
DON JUAN. Nada he exigido de vos, pero mantendré lo que he prometido.
DON CARLOS. Vamos, hermano mío: un momento de generosidad no hace injuria
alguna a la severidad de nuestro deber.
Escena 1ª
DON JUAN. SGANARELLE
DON JUAN. De cualquier manera, dejémoslo: es una bagatela, y podemos
haber sido engañados por un deslumbramiento, o sorprendidos por algún
vapor que nos haya turbado la vista.
SGANARELLE. Señor, no intentéis desmentir lo que hemos visto
con nuestros propios ojos. No hay nada más cierto que esa seña
con la cabeza; y no tengo la menor duda de que el Cielo, escandalizado por
vuestra vida, haya producido ese milagro para convenceros, y para retiraros
de...
DON JUAN. Escucha. Si me sigues importunando con tus estúpidas moralidades,
si me dices la más mínima palabra sobre el tema, voy a llamar
a un criado, le voy a pedir que traiga un vergajo, voy a hacer que te sujeten
tres o cuatro y te voy a dar una somanta de golpes. ¿Me entiendes bien?
SGANARELLE. Muy bien, Señor, de la mejor manera del mundo. Os explicáis
con toda nitidez. Veis, eso lo bueno que tenéis, que no le dais vueltas
a las cosas: decís las cosas con una claridad admirable.
DON JUAN. ¡Vamos, que me sirvan la cena lo más pronto posible.
Una silla, muchacho.
Escena 2ª
DON JUAN. SGANARELLE. LA VIOLETTE.
Escena 3ª
DON JUAN. SGANARELLE. SEÑOR DOMÍNGUEZ. Séquito.
Escena 4ª
SGANARELLE. LA VIOLETTE. DON JUAN. DON LOUIS.
Escena 5ª
DON JUAN. SGANARELLE. UN ESPECTRO .