Proliferan últimamente
en la Comunidad Valenciana los aniversarios de grupos teatrales.
En su gran mayoría no superan el cuarto de siglo porque, la
verdad sea dicha, el teatro valenciano contemporáneo tiene
unas raíces que no se remontan más allá de las
primeras elecciones municipales democráticas, en 1979, cuando
tras décadas de incuria, las instituciones públicas
se tomaron en serio (para bien o, según algunos, para menos
bien) que el teatro era una manifestación cultural a preservar
y difundir.
Hay excepciones, sin embargo. Si dejamos
a un lado algunos grupos de aficionados, cuya longevidad va acompañada
frecuentemente de una actividad irregular o esporádica, la más
relevante, la del grupo decano: La Cazuela de Alcoi,
que celebrará
sus bodas de oro en el presente año. Y en segundo lugar, La
Carátula de Elx, que celebró en el anterior su cuarenta aniversario, con la salvedad,
importante, que si el grupo alcoyano es más historia que presente, La
Carátula goza hoy por hoy de una envidiable salud y
viene, por ello, a erigirse en el grupo en activo (de entre de los
de vocación
profesional, insisto) más antiguo en nuestro País.
Claro está que si su único mérito fuese este, no
me hubiese detenido a dejar constancia de él. En efecto: quienes nos dedicamos
a historiar el teatro valenciano contemporáneo sabemos que el grupo jugó en
su momento un papel fundamental en la recuperación del tono vital del teatro
en Elche. De forma directa o indirecta, movilizó energías y vocaciones que han
ido cuajando en una nómina importante de actores y directores en activo. Su sala
fue, además, punto de encuentro, centro de formación y local donde recalaban
compañías alternativas e independientes.
Más aún,
desde muy pronto, La
Carátula, con Antonio González a la cabeza, supo ser coherente
con una estética que descansaba en dos principios: el primero, una reivindicación
del teatro de texto desde unos presupuestos no realistas. El segundo, la investigación
de las fronteras entre el teatro y otras manifestaciones espectaculares (singularmente,
la danza) y literarias (tanto poéticas como narrativas). Explica esto la nómina
de dramaturgos que han sido montados por el grupo; valgan como ejemplo unos cuantos
nombres: Bertolt Bretch, Paco Nieva, Alberto Miralles, Jerónimo López Mozo, Carlos
Edmundo de Ory, Michel de Ghelderode, Rodolf Sirera, Carlos Muniz, Georg Büchner,
León Felipe...
Es verdad que el grupo ha prestado aparentemente poco interés
al teatro de calle, pero también lo es que algunas de sus propuestas de interrelación
de lenguajes aportan experiencias aprovechables para este género. Más aún:
el impacto que para el grupo supuso el descubrimiento de la narración
oral escénica no se circunscribe al ámbito de la propia práctica
teatral, o al de la gestión teatral (el grupo es el organizador, y motor, del
Festival sobre narración oral escénica que anualmente se celebra de forma itinerante),
sino que es también una puerta abierta a nuevas concepciones de teatralidad.
Unas concepciones en las que el espacio acotado (sea en forma de local de caja
italiana o de cualesquiera otras) retrocede en provecho de una disposición mucho
más flexible: no en vano, una parte importante de las performances de
los narradores orales tienen lugar en espacios abiertos, calles o plazas.
Esta es precisamente la expericiencia que recoge
La Carátula que le sirve par aponer en pie algunos de sus espectáculos más recientes,
con los que, por cierto, han recorrido no solo el territorio español sino también
una parte importante de Latinoamérica. Unos espectáculos que les han servido
para experimentar con nuevas formas de construcción dramática (más flexible,
más abierta, que las tradicionales), de trabajo actoral (ya que el narrador oral
no pierde nunca de vista su carácter de transmisor de historias, un poco al estilo
del juglar medieval) y, finalmente, de captación del interés de los espectadores,
a los que hay que renener en un espacio abierto, es decir: en un marco en el
que lo más fácil es que el espectador disperse su atención
o se desentienda sencillamente de lo que se le propone... Rasgos todos
ellos que comparte, como creo que es obvio, con el teatro de calle.
TEniendo, pues, en cuenta, que el grupo ilicitano
se encuentra inmerso de lleno en una línea de trabajo tan apasionante, ¿nos puede
extrañar que la celebración de su cuarenta aniversario fuese algo más que un
ejercicio de nostalgia? Y es que La Carátula tiene cuerda para
rato... •